CARACAS, lunes 15 de marzo, 2010 | Actualizado hace
No he podido dormir bien desde que supe de la invasión a la finca-posada de la familia Quintero en Caruao. Porque lo que sucedió allí no fue una invasión cualquiera: fue la negación de toda decencia y de todos los sentimientos que honran la condición humana. Una aberración en todo sentido.
Los invasores no eran anónimos: eran "amigos de la casa", conocidos de toda la vida. Contertulios y copartícipes de celebraciones y festividades, que de la noche a la mañana se constituyeron en enemigos acérrimos y castigadores empedernidos de esa familia que sólo le ha hecho bien a la comunidad de Caruao. Según el relato de la nieta Arianna Arteaga Quintero, por la saña y la violencia mostradas, parecía que esas personas estuvieran vengando algún terrible agravio.
Ese agravio intolerable es el ser personas de bien y parecerlo. Ser propietarios de lo suyo y emplearlo con sentido de beneficio propio y colectivo. "Terratenientes", "oligarcas", "escuálidos". Ecos del mismo discurso de odio que desde hace más de once años nos han restregado en la cara día tras día. No hay noción de méritos, ni de trabajo honrado ni atisbo de respeto a lo que se ha producido y ganado con sudor, lágrimas y a veces hasta con sangre. El que piense distinto es culpable y hay que arrasar con todo. Y si se resisten, "les quemamos la casa con ustedes adentro".
Acabo de llegar de un seminario sobre cómo comunicar el Holocausto en el Yad Vashem de Jerusalem. Y me he preguntado no sé cuántas veces si quienes pensamos distinto al gobierno revolucionario corremos el mismo peligro y destino de 6 millones de judíos -que sólo por ser judíos- fueron asesinados en los campos de exterminio nazis, incluyendo un millón y medio de niños. Los judíos que intuyeron lo que estaba pasando, salieron. Pero la mayoría murió en las cámaras de gas. ¿Será el momento de hacer maletas? ¿Es que la Venezuela que conocimos, amamos y en la que creímos desapareció?
¿Y dónde están las autoridades? Leímos las declaraciones del gobernador de Vargas, general García Carneiro, diciendo que los Quintero "tendrían que negociar". ¿Negociar qué? ¡No hay que negociar lo que es propio! Me pregunto: si el invadido hubiera sido un chavista pesado ¿se estaría "negociando"?... Esto que vivimos es abyecto, perverso, vil. ¿Nos tocará vivir cosas peores?
carolinajaimesbranger@gmail.com
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