Los cuatro jinetes del Apocalipsis se fueron de Venezuela con ganas de volver
"Para ustedes: The day that never comes (el día que nunca viene)... y sí vino". Así dedicó James Hetfield a Caracas la canción promocional del disco Death Magnetic, una pieza que prácticamente no estuvo incluida en ningún set list en las ciudades latinoamericanas por donde pasó el World Magnetic Tour 2010 de Metallica.
El recital del viernes en La Rinconada inició a las 9:15 pm luego de que Dischord por Venezuela y Mastodon por EE.UU. sirvieran de aperitivo para la llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis. La música ambiental se silenció y las luces se esfumaron para proyectar en tres pantallas escenas del western El bueno, el malo y el feo con la pieza The Ectasy of Gold, de Ennio Morricone, preludio de los conciertos del cuarteto. Sólo dos minutos más y aparecieron Lars Ulrich, en la batería; Robert Trujillo, en el bajo; Kirk Hammett, en la guitarra líder y James Hetfield en la voz y guitarra rítmica.
Creeping Death, fue el tema que abrió fuegos. Sin pausa, le siguió From Whom the Bell Tolls. Trujillo lucía un bajo decorado con el sol azteca, en homenaje a sus raíces mexicanas. Tras un breve silencio, Hetfield gritó "Gimme fuel, gimme fire, gimme that which I desire", y de inmediato sonó Fuel, acompañado de enormes llamaradas pusieron la euforia del público más allá del punto de ebullición. Trujillo cambió de bajo y dejó sonar su primer solo, para darle tiempo a Hetfield de subirse a lo que era una suerte de segundo piso en la tarima y tomar una guitarra acústica con la que punteó el intro de Fade to Black.
Un video de constelaciones se mezcló con los primeros acordes de That Was Just Your Life, y se proyectó la imágen del disco Death Magnetic. Venía un mini set con las canciones del más reciente disco de Metallica, por el cual Universal Music de Venezuela le dio Disco de Platino a la banda. The End of the Line precedió a The Day That Never Comes.
Hetfield volvió al micrófono: "He oído un par de cosas sobre Caracas y algo de eso es que no les gustan las canciones muy pesadas. Les pido disculpas si lo que viene es muy pesado. ¿Quieren algo 'heavy'?" y tocaron la pieza Sad But True, al final de la cual el espigado vocalista se puso de rodillas sobre el escenario para aflojarle las cuerdas a su guitarra y así lograr un agudo efecto de distorsión. "Les dije que era muy pesada", insistió el metalero.
La dosis de Death Magnetic no se había acabado: "Quiero saber si tienen el disco. ¿Les gusta? ¿Quieren escuchar otra canción de él? Es lo que viene pero necesitamos la ayuda de la familia Metallica de Caracas", precisó Hetfield antes de decir en perfecto español "¿Están listos?" y dejar sonar Cyanide.
Se acercaba el fin de la fiesta, pero aún quedaba combustible. Disparos, helicópteros y gritos de fondo anunciaban el toque del clásico One, con el que regresaron las llamaradas y fuegos artificiales. El éxtasis de la noche llegó con la esperada Master of Puppets. Venían más clásicos: Blackened, Nothing Else Matters, Enter Sandman, Last Caress, Whiplash y Seek and Destroy.
Más de seis bajos usó Trujillo y lo propio hicieron Hetfield y Hammett con sus guitarras.
Hetfield no se despidió sin antes tomar una bandera venezolana y recorrer con ella toda la tarima. Lars Ulrich dejó la batería para revelar su deseo de regresar: "Metallica no debe esperar 11 años más para volver".
Agridulce
El sonido y la calidad musical de Metallica dejaron satisfechos a los espectadores; no hizo lo mismo la organización del concierto. Sobran las quejas del poco control para el acceso, de la mezcla de las localidades preferencial y general, de los absurdos precios de la bebida y la comida, amén del dantesco espectáculo que ofrecían, a la salida, carros desvalijados y parcialmente destruidos.
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