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| EL CASO
"Le dije que lo material se recupera"

Violencia que azota a Catia se llevó a un joven de 16 años por no dejarse robar

La ONG Cecodap señala que el incremento de la violencia entre niños y adolescentes es "una enfermedad social" (Venancio Alcázares/archivo)
LAURA DÁVILA TRUELO |  EL UNIVERSAL
domingo 14 de marzo de 2010  12:00 AM

En medio de la parada, en los bloques 7 y 8 en Propatria, los dos jóvenes se bajaron del autobús. Uno de ellos iba con su ropa de fin de semana, el viernes no tenía clases. A su lado, en cambio, el chico de nueve años lucía su camisa blanca de primaria. No muy lejos se escucha la música del matinée que alborota el sector. Los dos chicos no están interesados en la fiesta. Aun así, de allí vendrá el asesino de uno de ellos.

Cuentan que pasada la 1:00 p.m. del 5 de marzo un joven apodado "Catire" llegó en moto, vio a los dos chicos que aún estaban en la parada y fue hasta allí. Les apuntó con un arma y les pidió lo que tuvieran. Algunos dicen que los dos muchachos obedecieron y luego el asaltante los hizo correr para dispararles por la espalda.

Pero la tesis policial es que el joven de 15 años se negó a dar sus posesiones, quizás más por dignidad que por el valor que pudieran tener. Para su atacante, el chico tenía que pagar esa afrenta, así que cuando trató de huir le disparó en seis ocasiones por la espalda.

El niño que estaba con él resultó herido, pero lo trasladaron al hospital de Los Magallanes de Catia y sobrevivió. Su familia optó por el silencio y ni tan siquiera en la denuncia policial de la muerte del joven consta el nombre del pequeño.

La familia del adolescente cuenta que él subió a Propatria para acompañar al chico de sexto grado a su casa, pues él vivía en Los Magallanes de Catia, iría para ayudar al niño con una tarea, y luego quizás pasar el rato en la tarde jugando.

Según los testigos el responsable de la muerte es parte de una banda de adolescentes llamada "Los Pachangueros". El que le disparó al joven tampoco supera los 16 años. Pero los vecinos de la zona cuentan que la muerte del chico fue la primera de aquel viernes en la zona, "luego se desató una plomamentazón" y el día terminó con al menos tres fallecidos.

Una llamada que no llegó

Croslan Aranguren, padre del joven, estaba a las 2:00 p.m. en su trabajo, en una agencia bancaria, cuando le llamaron para avisarle lo ocurrido. Él, persona pacífica, decidió no ir al lugar donde había muerto el mayor de sus hijos. No quería verlo así, de tal manera que se fue directo a la morgue de Bello Monte y esperó hasta las 8 de la noche, cuando trajeron el cuerpo. "Yo soy un hombre tranquilo, pero un momento así uno no sabe cómo va a reaccionar", comenta.

Ahora él ha decidido irse a casa de un familiar, lejos de Catia, para superar lo ocurrido. Aunque los padres del chico están separados, Aranguren estaba muy unido a él. Cada mediodía se siente especialmente extraño: "Tengo la intención de llamarlo, como hacía todos los días, pero ya no está". Justo el día cuando su hijo murió estaba ocupado y se le pasó la hora de llamarlo. Cuatro años atrás, Aranguren estaba con su hijo en Sabana Grande y unos sujetos los interceptaron para robarlos: él les dio todo lo que llevaban. Cuando los asaltantes se fueron el niño estaba asustado, pero él lo calmó y lo hizo entender que en una situación así debía colaborar, que lo material se recupera pero la vida no.

Pronto Aranguren había vuelto a comprar los celulares y demás, y el chico le comentó: "Hasta más rápido se recuperan las cosas". Pero la familia cree que el día de su muerte el joven, en parte, estaba tratando de proteger al amiguito y por eso no quiso colaborar.

Ahora la hermana del chico es la más afectada, pues el muchacho, cuando salía de sus clases de tercer año en el colegio La Sagrada Familia, en Propatria, buscaba a su hermana en el colegio de ésta en Catia.

La niña, de 10 años, pidió ver a su hermano fallecido para despedirse: Dicen que estaba tranquila. Con el paso de los días no quiere entrar al cuarto de él y tiene miedo. Los padres la llevaron a un psicólogo.

Dignidad de no dejarse someter

Dos días después de esa muerte, la tarde del domingo 7, falleció un joven de 14 años en Ojo de Agua, Baruta. El miércoles 3, el chico iba en un jeep de ruta troncal con tres amigos más y uno de ellos estaba manipulando un arma: se le fue un tiro, hiriendo al chico en la cabeza. El joven agonizó cinco días, y el responsable, de 16 años, se entregó a la policía. Sólo en esa semana fallecieron, al menos, siete adolescentes.

Fernando Pereira, coordinador general de la ONG Cecodap, explicó que, según el último informe de la organización, que va de octubre de 2008 a septiembre de 2009, en la muestra que ellos analizaron, 710 jóvenes fallecieron por muerte violenta, y más de 500 en homicidios. El 51% por ciento de esas víctimas de violencia son de sexo masculino, y de esos jóvenes asesinados el 90% eran adolescentes de entre 12 y 17 años, y en el 90% esas muertes fueron por armas de fuego.

"Una muerte deja de tener interés para la gente, es una enfermedad social, llama la atención cuando es un hecho dantesco o cuando la víctima es de cierto nivel social, pero si es un joven común a nadie le importa, eso nos está hablando de una descomposición importante", señala Pereira, analizando la naturalización de la violencia.

Explica que el acceso que tienen los adolescentes a las armas es un hecho lamentable. Porque el que tiene acceso a armas es más vulnerable de ser parte de la violencia.

Esa violencia de la que fue víctima el joven dejó en el camino incluso a los tres mejores amigos del chico. Aunque ya no estudiaban juntos, después de un tiempo sin verse, los amigos se reunieron la tarde anterior a su muerte y pasaron horas entregados a los videojuegos. Los amigos decidieron no ir ni al velorio ni al entierro, pues no querían recordarlo así. Pero cuando vieron al papá del chico lloraron juntos. Para ellos esa tarde fue una despedida.

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