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Deberes humanos
RICARDO TROTTI |  EL UNIVERSAL
domingo 14 de marzo de 2010  04:49 PM

El deber prioritario del Estado es proteger y garantizar que todo ciudadano, sin distinción, viva en pleno disfrute de sus derechos humanos; por lo que en una sociedad sana, los derechos de unos terminan convirtiéndose en los deberes para otros.

Por eso los tratados internacionales, más allá de las ideologías, establecen que los pueblos tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la misión de proveer un blindaje institucional a los derechos humanos como eje de promoción y consolidación de ese inmejorable sistema político.

Las faltas a los derechos humanos no solo son cometidas por quienes hacen de la persecución política o los abusos de poder una práctica cotidiana, sino también por aquellos que las toleran, no las previenen ni sancionan adecuadamente.

Estas políticas de agresión u omisión por parte del Estado, son palpables en nuestro continente, donde observamos que varios presidentes tienen la aguda visión para condenar los abusos que se cometieron en otras épocas, pero dificultades en identificar y reconocer las violaciones que sus propios gobiernos protagonizan. Así vemos como Hugo Chávez resiente el golpe de Estado de 2002, pero ha politizado a la justicia, perseguido a los opositores y acumulado poder excesivo. O como Alvaro Uribe batalla contra el crimen de las narcoguerrillas, pero sus militares se involucran en el escándalo de "falsos positivos" haciendo pasar a civiles por bajas guerrilleras.

La falla más grotesca contra los deberes humanos, al margen de la agresión directa o la omisión por parte del Estado, es la falta de actitudes piadosas y solidarias de parte de algunos mandatarios latinoamericanos que se muestran indiferentes o demasiado diplomáticos ante el dolor ajeno.

Entre ellos, esta semana se destacó el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien lejos de no haber reconocido a la disidencia política cubana cuando visitó La Habana, criticó el método de huelga de hambre del periodista independiente Guillermo Fariñas, comparando a los presos de conciencia en Cuba con los delincuentes comunes en las cárceles de Brasil.


Lula pidió que se respete la determinación de la justicia cubana como quisiera que se respete la brasileña, pero soslayó el hecho que nadie pide por los delincuentes comunes en Cuba, sino por aquellos que están presos por opinar y por sus ideas, habiendo sido sometidos en juicios sumarísimos y por jueces adictos a la voluntad del Ejecutivo.

La impiedad de Lula contrastó con la decencia del presidente Oscar Arias, quien arriesgándose a las críticas que le lloverán por inmiscuirse en soberanías ajenas, condenó al régimen castrista. Argumentó que todo gobierno que respete los derechos humanos debe al menos mostrar compasión por una persona débil, en lugar de calificarlo de chantajista.

Ojalá que la actitud compasiva de Arias sea el ariete que impulse a otros líderes latinoamericanos (quizás al flamante presidente chileno Sebastián Piñera) para reclamar por la liberación de los 200 presos políticos cubanos que ya pide a gritos la Comunidad Europea o abochorne al salvadoreño Mauricio Funes, para que no abra en este momento una embajada en Cuba, donde lo que tal vez se necesite son salas de velorio donde honrar a disidentes inmolados.

Si los líderes latinoamericanos han tenido la visión para pedir la reinserción de Cuba o la separación de Honduras al contexto de naciones en el hemisferio, correspondería que tuvieran ahora la hidalguía de pedirle al gobierno castrista que asuma sus deberes humanos.

Info@ricardotrotti.com



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