CARACAS, viernes 12 de marzo, 2010 | Actualizado hace
Es tiempo de comenzar a administrar las expectativas alrededor de la verdadera utilidad de la nueva correlación de fuerzas en el Parlamento. Algunos proclaman su aspiración de promover acciones dirigidas a desmontar todo el armatoste legal levantado en el transcurso de estos últimos cinco años. Pero alcanzar una importante representación en la AN, no significa ganar la guerra. El desempoderamiento de la revolución es un proceso gradual, de cuya conducción dependerá el éxito de la llamada "ruta electoral", que tiene su episodio más importante en las presidenciales de 2012.
Aunque las fuerzas del chavismo resulten derrotadas el 26S, el comandante continuará teniendo el poder en sus manos. A partir de ese día se inicia un difícil período de dos años, en el que cualquier cosa puede ocurrir: incluso, el fortalecimiento de la figura presidencial, si acaso sus opositores tuvieran un desempeño parlamentario desatinado, que contribuya a estimular los temores de la masa revolucionaria alrededor de lo que sería el país con un Chávez fuera de la primera magistratura.
Una agenda que destile ánimos de retaliación y venganza abonaría favorablemente a la tesis de que un Gobierno de la oposición supondría el exterminio de lo que el pueblo chavista (y los sectores no polarizados del país) identifican como "logros conquistados". La oposición debe tomar para sí las banderas de la paz y de la reconciliación& No debería caer en tentaciones triunfalistas.
Septiembre es una batalla crucial que no culmina la noche de las elecciones: esa batalla seguirá desarrollándose en el día a día parlamentario de las fuerzas democráticas, que tendrán la oportunidad de mostrarle a Venezuela su capacidad para manejar una transición pacífica y auspiciosa. Las posturas rupturistas -que se estimulan a través de ofertas electorales radioactivas e inmaduras- anuncian conflictos futuros en el cumplimiento de una estrategia de acción colectiva, en la cual estén ausentes las iniciativas voluntariosas de figuras y grupos dispersos, deseosos de apuntalarse individualmente. El fraccionalismo le impediría a la oposición proyectarse como una alternativa seria frente a Chávez y neutralizaría el potencial de la victoria de septiembre.
Si la disidencia se engolosinara, el 26S pudiera no producir el efecto que se busca cristalizar en 2012. Por eso es importante la calidad de sus candidatos: ellos deben exhibir compromisos firmes con una estrategia compartida. Sin esa estrategia, la victoria no sería administrada adecuadamente y podría transformarse en derrota. La actual competencia entre los partidos -que procuran contarse entre ellos para disputarse la jefatura- no debería trasladarse a la AN. Hay que debatir ya qué se hará con la victoria.
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