CARACAS, miércoles 10 de marzo, 2010 | Actualizado hace
Hugo Chávez ha minado todos los pilares de nuestro orden social. Entre ellos, por supuesto, la propiedad privada. Lleva once años en ese plan. Sin embargo, la violencia del discurso anti-propiedad de los últimos meses no tiene parangón. Tampoco el número de expropiaciones. Ambas cosas reflejan el propósito de avanzar hacia una suerte de solución final en este tema. Chávez sabe que eso equivale a cultivar la semilla de la lucha de clases, que ansía hacer crecer. Pero sobre todo, sabe que atentar contra la propiedad conlleva a la expansión de su poder totalitario.
La propiedad es un elemento esencial para el normal desenvolvimiento de la vida social. Es un fenómeno radicalmente humano. Procede del esfuerzo personal por hacer rendir las propias capacidades. En este sentido, la propiedad es fruto del trabajo. Allí estriba su dignidad. Con ella se alcanza la satisfacción de las necesidades materiales más elementales, lo cual crea un espacio de autonomía indispensable para el desarrollo integral de las personas concretas y de las familias. Por eso la Doctrina Social de la Iglesia, la teoría política y la teoría económica son contestes en concebir la propiedad como una ampliación de la libertad.
Cuando Chávez arremete contra la propiedad irrumpe en ese espacio de autonomía. Penetra dimensiones de la vida humana que, por su naturaleza, están reservadas a las personas y a las familias. Son ámbitos que sólo pueden florecer al margen de la arrogancia del poder. Esto trae consigo efectos muy perniciosos. A través del afán anti-propiedad Chávez se coloca en posición de frustrar la creatividad humana. Apaga la vitalidad de las familias y neutraliza la subjetividad de la sociedad. Aniquilando la libertad económica se aniquila la libertad política y, a la postre, la libertad misma. Devastando la propiedad se devasta la libertad. Eso fue lo que hicieron los totalitarismos del siglo XX, es lo que subyace a su pomposa autoproclamación marxista y es lo que prueba irrefutablemente que el socialismo del siglo XXI no es una empresa de liberación sino un proyecto de dominación: a Chávez le importa el poder, no los pobres.
A pesar de todo, la sociedad resiste. Venezuela sigue siendo el cuero seco que tanto inquietó a Guzmán Blanco. Es verdad que Chávez avanza con impunidad en sus intentos de devastar la propiedad. Pero también es verdad que lograremos detenerlo. Mientras más avanza más se hace patente la injusticia intrínseca de su régimen. Genera ánimos de lucha. Engendra deseos de justicia. Eso es una constante histórica. Como señaló Juan Pablo II en su Encíclica Centesimus Annus, la caída de los comunismos de la Europa oriental estuvo precedida por violaciones a los derechos de los trabajadores, de los que más sufren el peso de las carencias materiales, y por colapsos económicos cuya raíz fue, precisamente, el irrespeto de la propiedad privada. Amor, sin justicia, no es amor.
jmmfuma@gmail.com
Twitter: @JuanMMatheus
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