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Dolor que no se puede borrar de la memoria
  EL UNIVERSAL
miércoles 16 de diciembre de 2009  04:44 PM

Creo que después de haber sido testigo de la tragedia de Vargas no tengo que dar explicaciones de porqué su recuerdo es algo recurrente en mi cabeza. Fueron muchas las pérdidas, los muertos. En fin, el dolor de mucha gente que me tocó ver de cerca, para que esa imagen se borrara de mi memoria.

Creo que allá desarrollé una tendencia obsesiva que me lleva, cada cierto tiempo, a escarbar en Internet, como si fuera un viejo baúl de recuerdos.

Hace 7 años cambié de país, que es como cambiar de vida, y sin saberlo deje el oficio de ser reportero. Pero a pesar de las distancias, cada tiempo me sorprendo pegado en la computadora, jurungando historias viejas y nuevas de lo que pasó en 1999, cuando esa estrecha franja poblada entre el Ávila y el mar fue sepultada por el alud de lodo, rocas y arboles gigantes que vomitó la montaña.

El 19 de diciembre, tres días después, me tocó ir a cubrir lo ocurrido en Vargas por primera vez.

Recuerdo que junto a Gustavo Rodríguez, quien salía de vacaciones ese día, y periodistas de medios venezolanos y extranjeros, organizamos un grupo para caminar por la costa. Era tanto el barro, las piedras y los escombros que nos llevo 12 horas ir de Maiquetía a Macuto ida y vuelta. Nunca podré olvidar la procesión más grande de damnificados que haya visto en mi vida.

Se aferraban a las pocas pertenencias que habían logrado sacar de sus casas en ruinas. Era como si en ellas estuviera el futuro, la esperanza, o mejor, la misma vida. ¿Cuánto podía significar un televisor en blanco y negro de 13' para traerlo cargado por 20 kilómetros?

Ese día vimos a todo un pueblo hambriento bajar de un barrio en La Guaira para saquear contenedores semiabiertos y con exquisiteces importadas en el puerto.

Unos bebían champaña y comían chocolates mientras caminaban sobre protuberancias de cadáveres que asomaban entre el lodo. A la procesión que huía de Vargas poco le importaban las escenas de infierno.

Desde ese día y por otros 7 bajé a Vargas a registrar el pandemónium. Todo era tan inverosímil que era fácil convertirlo en crónica y noticia.

Carlos Mollejas D. 
Fue reportero de Sucesos en El Universal. Por su cobertura de la tragedia obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en 2000. Vive en Montreal, Canadá. 

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