Al sur del río Bravo hoy existe un solo ejército con genuina experiencia de combate
De tiempo en tiempo aparecen por Iberoamérica estrafalarias réplicas de Benito Mussolini que -impotentes para gobernar coherentemente sus propios países- agitan conflictos externos a fin de distraer la atención pública.
Atraen la mala suerte. Por más de cien años quienes prendieron conflictos bélicos en la región terminaron con las tablas en la cabeza. El recuento es simple:
1932: El presidente boliviano Daniel Salamanca emprende la cruenta guerra del Chaco contra Paraguay -especialmente desastrosa para los bolivianos- y es derrocado por sus propios militares amotinados. Sobre ellos termina diciendo: "Les suministré cuanto pidieron -armas, camiones- lo que quisieron; lo único que no pude darles fue cerebro".
1962: El megalómano doctor Castro deliberadamente busca provocar una III Guerra Mundial, y es traicionado por aliados que negociaron entre adultos a sus espaldas. En Cuba aún malvive su lúgubre dictadura, pero condenada a un eterno marasmo de tedio, miseria, mediocridad y dependencia externa.
1969: El Salvador lanza contra Honduras una guerra de cien horas -también llamada "guerrita del fútbol"- y se lleva la peor parte: le revierten 300.000 desplazados, abono fértil para la cruel guerra civil que luego le vino encima.
1982: El "Chacho" Galtieri y comparsa embarcan a la Argentina en la fugaz guerra de las Malvinas, cuya principal consecuencia -por demás positiva- fue vacunar a la nación contra recurrentes oleadas de milicos corruptos e incompetentes.
1989: Una sumisa Asamblea Nacional otorga poderes especiales al mafioso Noriega y con grandilocuencia declara que la República de Panamá se encuentra en estado de guerra con Estados Unidos. En pocas semanas el delincuente de marras va a dar con sus huesos a una jaula norteamericana. Allí sigue.
Por fortuna, al sur del río Bravo hoy existe un solo ejército con genuina experiencia de combate: el constitucional ejército de Colombia, un sólido tejido de respeto de subalternos hacia superiores, de superiores que inspiran respeto, y de arraigado respeto hacia el poder civil.
Esas fuerzas armadas serias, curtidas bajo el largo asedio de cobardes mafias terroristas, han aprendido lo más importante en cualquier guerra: ganar.
Contrastan dramáticamente con los nuevos Capitanes Araña -que apenas aproximan un combate con lengua altisonante; y al final quedan como el triste cuento de Mambrú: "Cantando el pío-pío, ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!, cantando el pío-pío, cantando el pío-pa. Do-re-mi, do-re-fa, y más nunca volverá".
aherreravaillant@yahoo.com
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