El moderno farsante latinoamericano es exageradamente lenguaraz...
No es inusual que alguien se autoproclame profesor ambulante y que valido de una cierta capacidad oratoria, pretenda enseñar lo que no sabe o asumir como verdades absolutas aquello que carece de validez o sustento. Los sofistas de la Grecia Clásica igual se movían en el ámbito de la retórica, alcanzando influencia en la vida social y asumiendo posiciones de significativa importancia. Fueron los artífices de aquella filosofía aparente de que hablaba Aristóteles, hombres extrañísimos cuyo ser consistía en no ser, como diría Platón. De allí que más tarde se daría significado peyorativo al término sophos, asimilándolo a "charlatán", cuyos prácticos fueron maestros en el arte de embaucar a los inocentes con sus habilidosas trampas dialécticas; Gorgias decía que con las palabras se podía envenenar y embelesar a los mortales.
Se adquiría pues el dominio de la gente común mediante razonamientos engañosos, sin que mediasen los propósitos elevados que usualmente atañen al buen ciudadano.
Fenómeno recurrente
La experiencia latinoamericana del vendedor de milagros -mentiroso adivinador descubierto por García Márquez hace ya varias décadas-, aquel que se hizo pasar por curandero valiéndose de toda suerte de trucos y engaños, el estafador de almas incautas que sucumbían al credo salvífico de sus pócimas inútiles, ha sido un fenómeno recurrente en nuestro mundo de realidades mágicas, de esperanzas que nunca se pierden, de reincidencias que nos conducen, de tiempo en tiempo, a un mismo fracaso histórico. Hombres metidos en la política, igualmente extrañísimos y cuyo ser también consiste en no ser, como ocurrió con los sofistas de la Helénica, que hasta para razonar se valieron del silogismo falaz. Abusar
Pero hay algo más grave en esta novísima versión del embaucador que ahora se siente dueño de la verdad, concretado en su capacidad de abusar de los medios de comunicación de masas, con todo su impacto y alcance generalizado. Si el sabio suele ser moderado, como decía Montaigne, definitivamente no habrá virtud donde haya exceso. El moderno farsante latinoamericano es exageradamente lenguaraz, abusador de la forma, fraudulento en el contenido de su propuesta. No habrá ejemplo de verdad en su discurso de ferias que pretende vender un antiguo milagro revolucionario, traducido en años de pobreza y de ruina institucional, para que más tarde mejoren las cosas. La experiencia universal nos enseña que sólo mejoran donde se da marcha atrás a semejante farsa.
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