De todos los muros ninguno tan nefasto como los mentales
Los que tienden muros están condenados al fracaso. Le sucede a los israelíes con los palestinos, a los gringos con los mexicanos, a los ricos con los pobres. Si no quedan para atracción turística, como en China, terminan siendo un souvenir como en Berlín. Sean reales, digitales o cartográficas, por fronteras y barreras terminan colándose aquellos que se esperaba aislar. Digamos que no hay muro que dure cien años ni sociedad que lo resista. O quizás convenga reducir el compás. Ya veinte años son mucho tiempo en este planeta acelerado donde la obsolescencia nos sigue como una sombra.
De todos los muros ninguno tan nefasto como los mentales. Cuando un individuo cerca su razón, para luego echarse candado sobre el entendimiento, muere tapiado por su propia voluntad. Si la empalizada es impuesta desde afuera, porque la ideología levanta un sitio o el poder se traga las defensas, el resultado es similar: una enfermedad de ismos que va aislando al ser humano con la fantasía grupal de una certidumbre. Racismo, nacionalismo, clasismo, voluntarismo, fanatismo... sin dejar por fuera el idiotismo. Tumbar esos muros mentales resulta más difícil que echar abajo una pared de bloques porque la voluntad humana puede ser tan fuerte como su obstinación. Y cuando los amurallados se contagian de la necesidad de transmitir su murallitis al resto del mundo, se empeñan en meter a todos en su pared. De lo contrario, al que se resista, se le condena a ser tapiado con plomo o con palabras.
Afortunadamente, y no creo ser excesivamente ingenuo, los humanos estamos mas aguzados ante las murallas. Que los veinte años de la caída del muro de Berlín haya sido una noticia global no es sólo beneficio de la cobertura mediática, también demuestra que existe una conciencia emergente, una que no se podía concebir, digamos, cuando la Inquisición resolvía sus asuntos quemando inocentes o la revolución fusilaba a sus enemigos.
Por supuesto que todavía hay un montón de muros en el mundo, incluso cada vez más sutiles. Pero lo que ha demostrado la historia es que uno a uno han ido cayendo, precisamente porque resultan anacrónicos, obsoletos y absurdos.
¿Qué tal si en lugar de murallas nos enfrascáramos en la tarea de abrir puertas y ventanas? Así podríamos refrescarnos con luz y viento fresco, pero sobre todo, podríamos abrir nuestras vidas al mundo que nos rodea.
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