CARACAS, viernes 13 de noviembre, 2009 | Actualizado hace
Podrá Chávez conseguir un "rebote" que le permita eludir los efectos electorales de la actual crisis de gestión? Esa es una de las incógnitas políticas más importantes de este momento. El hecho de que el país esté despedazado no significa que el Gobierno lo esté. La evolución de las percepciones alrededor de los problemas que hoy aquejan al ciudadano común nos irá señalando hasta qué punto las viejas herramientas del Presidente le serán útiles en esta oportunidad. Hasta ahora, la respuesta de la revolución es la misma empleada en episodios anteriores. No hay tiempo para rectificaciones ni "soluciones estructurales": sólo para un despliegue propagandístico, de cuya efectividad dependerá la recuperación de la imagen del "proceso" y su consecuente éxito en las parlamentarias.
Se supone que a estas alturas los venezolanos conocen bien las fórmulas repetitivas con que el elenco bolivariano enfrenta sus apuros: se supone, también, que Chávez y su equipo ya no pueden exhibir la "superioridad moral" que el país le compró en otras etapas. La mezcla de ineptitud y corrupción es venenosa. Nadie puede adelantar desenlaces. Los fracasos de la propaganda -y de las iniciativas ornamentales que se instrumenten para encubrir el fiasco en que está convertido "el cambio"- podrían dominar por completo el ambiente en que se desarrolle la batalla comicial. Con el regreso de Diosdado a Conatel se recicla la amenaza contra los medios, a los cuales se pretende someter para controlar la sobreexposición del descalabro de los servicios públicos.
No es descartable que los desastres de la gestión conviertan a la oposición en una alternativa inevitable: eso, si los electores llegaran a la conclusión de que es preferible inclinar la balanza a favor de unos adversarios políticamente cuestionables, que a favor de un Gobierno deficiente, sin voluntad para rectificar. Según las encuestas, el plantel opositor no es el culpable de la ruina gubernamental. Por eso se suman tantas interrogantes cruciales. Por ejemplo, ¿cómo se expresará en las elecciones parlamentarias esa amplísima mayoría -casi un 70%- que hoy manifiesta su deseo de que Chávez gobierne sólo hasta el 2012?
En el mundo opositor nadie está peleando por una botella vacía. El desarrollo de la crisis de gestión elevaría progresivamente sus oportunidades, que hoy lucen moderadas por causa de la división. Mientras peor se desenvuelva el Gobierno, más incógnitas se le añadirán al cuadro y más alboroto habrá en torno al reparto. El dato es muy poderoso: si un 70 por ciento de los venezolanos desea que Chávez culmine su mandato en 2012, no es ilógico pensar que en 2010 se manifieste una actuación electoral coherente con esa aspiración. Ese es el gran temor del oficialismo que, frente a la posibilidad de una avalancha sorpresiva, se alista para emprender el juego más sucio que podamos imaginar. Hay que prepararse para enfrentarlo.
argelia.rios@gmail.com
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