CARACAS, domingo 08 de noviembre, 2009 | Actualizado hace
El muro derretido
Hace veinte años. El 9 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín comenzó a caer. Un error en la transmisión de la información sobre una importantísima decisión del Gobierno permitió que los habitantes de la República Democrática Alemana (RDA) pudieran salir hacia Occidente (Berlín Oeste), llevándose en su tropel a un Estado, a un sistema de producción, a una sociedad asfixiada por 40 años de supremacía de un partido único que era controlado desde Moscú.
En la televisión pública alemana de esta semana (Deutsche Welle) han sido presentados varios reportajes que reconstruyen los sucesos, así como adelantos de la preparación de los festejos que tendrán lugar mañana lunes en todo el país, pero principalmente en la Puerta de Brandeburgo, centro de la algarabía de entonces.
Veinte años después. La primera ministra de la Alemania unificada, la reelegida Angela Merkel, nacida en la RDA, ha sido recibida en sesión conjunta de las dos cámaras del Congreso de EEUU. Es la primera vez en la Historia que ello sucede. Los mandatarios de la época, George Bush padre (EEUU), Mijaíl Gorbachov (URSS) y Helmut Kohl (RFA), se han reunido para celebrar.
La RDA era un país de 16,5 millones de habitantes que había surgido en 1945 como consecuencia de la nueva geografía política y territorial emergida de la Segunda Guerra Mundial. En 1962, en Berlín el Gobierno de la RDA construyó un muro de concreto de más de 160 kilómetros que enclaustró la ciudad. Se hablaba del Cinturón de Acero y del Muro de Berlín para cosificar los puntos en que se verificaban los límites entre dos mundos, absolutamente distintos y diferentes, el capitalista y el socialista. De niño, en el cine veía documentales, narrados por el actor James Cagney, en los que se hablaba horrores de lo que pasaba al otro lado de The Wall.
La cadena estadounidense de televisión NBC había colocado una antena en las cercanías de la Puerta de Brandeburgo y enviado a su mejor corresponsal a cubrir lo que sospechaban iba a ocurrir. Berlín Oeste estaba ahíta de periodistas que habían olido lo mismo. Veinte años antes, cuando un grupo de venezolanos estábamos arribando a Fráncfort en tren desde Praga, vimos a centenares de periodistas que luchaban por tener las primeras declaraciones y fotos de los primeros en lograr escapar de los rigores de la invasión soviética a Checoslovaquia en agosto de 1968.
Veinte años después, tres periodistas (italiano, alemán y estadounidense) habían logrado sacarles provecho a unas declaraciones enredadas emitidas por el vocero del Buró Político del Partido Socialista Unificado de Alemania, Günter Schabowsky. El partido había decidido permitir la libre salida de los ciudadanos, previo visado, pero la fecha de la entrada en vigor de la medida había sido omitida por el vocero. La rueda de prensa transcurría en medio del tedio. ¿Qué hay de los visados?, pregunta al final el italiano. El vocero recuerda que tiene algo importante que comunicar y suelta lo que había sido decidido. ¿A partir de cuándo?, pregunta el alemán. "Inmediatamente", dice el vocero, quien en su improvisación no ha leído que sería el 10 y no el 9 de noviembre. El periodista de NBC le hace una entrevista a solas, y el funcionario ratifica "inmediatamente".
En Alemania del Este, en ese momento funcionaban 23 emisoras de radio AM, 17 FM, 21 estaciones de televisión entre nacionales y locales, 15 retransmisoras de la televisión soviética, 6 millones de receptores de TV, 6,7 receptores de radio y una estación terrena de recepción satelital asociada al sistema soviético InterSputnik. Todo el aparato comunicacional era controlado por el Estado.
Lo que no podía ser controlado era la recepción de la TV del Oeste. Esa noche la mayoría en Berlín Este estaba viendo una final de copa de fútbol que se escenificaba en Berlín Oeste. De repente, un avance noticioso que vieron todos. "El Gobierno de Alemania del Este ha decidido, a partir de este momento, permitir a sus ciudadanos viajar al extranjero".
Durante casi treinta años unas 270 personas fueron acribilladas al tratar de saltar el muro, decenas de miles fueron encarceladas por tratar de hacer lo mismo, millones y millones de marcos habían sido invertidos en construir y vigilarlo. Segundos después de conocerse la noticia, comenzó la estampida en el punto fronterizo de Borrholmerstrasse. El Ejército, la policía y la Seguridad del Estado (Stasi) no estaban al tanto de que la medida había sido adelantada por error y no sabían cómo proceder. Ante el alud, no hubo violencia. La fuerza pública, acostumbrada a las picanas de goma contra todo tipo de manifestación, bajó las armas y también los ojos.
El canciller de la RFA Helmut Kohl se encontraba de visita en Varsovia, en conversaciones con el gobernante polaco, Lech Walesa. No pudo ser contactado de inmediato para enterarlo de la extraordinaria noticia, a pesar de que en sus viajes tenía una centralita telefónica. El jefe de prensa alemán federal cuenta ahora en Deutsche Welle que la centralita era de cuerda, no compatible con el sistema polaco.
Hace veinte años, Alemania, tanto del Este como del Oeste, mostraba bastante desarrollo en sus servicios telefónicos. En el Este existían aproximadamente 3,6 millones de teléfonos en uso, con una penetración de 21,8%. La red de télex constaba de 16.500 puntos. Su código de país era el 37 para llamadas de larga distancia internacional, y sus principales ciudades y pueblos contaban con sus respectivos códigos de área, pero en muchos casos no era posible el discado directo para larga distancia nacional. La autoridad en comunicaciones (Deutsche Post der DDR) había establecido su propio listado de códigos de marcación para cada locación. El control de la ciudadanía era la causa.
Aún se sostiene que la red de la RDA ostenta el récord de ser la más pinchada por los organismos de seguridad del Estado en cualquier etapa de la historia de la telefonía. El partido único creó una sociedad extremadamente controlada y vigilada.
En 1989 la Stasi empleaba 91 mil personas a tiempo completo. Tenía en nómina 173 mil informantes en el interior del país y 1.500 en Alemania Federal. Se estima un total de medio millón de asociados certificados. La Gestapo, en la Alemania nazi, usaba 40 mil funcionarios para controlar una población de 80 millones (uno por cada 2.000 ciudadanos). El KGB soviético empleaba a 480 mil a tiempo completo para vigilar a 280 millones de ciudadanos (uno por cada 583). Cuando se reúne a los funcionarios, a los informantes a tiempo parcial, a los colaboradores y a los espías forzados mayores de 18 años, se ha podido constatar que en la RDA existía un espía por cada 6,5 ciudadanos.
Incluso ellos también saltaron el muro.
vvsuarez@cantv.net
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