CARACAS, lunes 02 de noviembre, 2009 | Actualizado hace
En mi familia (como muchas otras del país) hay algo que se nos enseña desde pequeños, más allá de la típica expresión de: "no digas groserías ni malas palabras", o aquello otro de "te voy a lavar la boca con jabón si se te ocurre usar alguna expresión "inconveniente" (##!!!&&&), existe un término literalmente "prohibido" hasta el punto de algún castigo extremo como no ver televisión, no ir a casa de los amigos, no salir al cine y, ya más grandes, no permitirnos ir a la fiesta o a la playa el fin de semana. Ese hecho generador de tantos problemas no era otro que el uso y costumbre de la palabra "maldito", por cierto banalizada en las traducciones de muchas comiquitas que transmiten los canales infantiles.
El hecho de "maldecir" tiene una carga tan negativa que, particularmente, a mí me da mucho susto. Es como la expresión verbal y sin pudor del odio en su estado más puro y eso nunca debería permitirse. Menos aún ante una audiencia pública, inadmisible si quien lo plantea es el propio Jefe de un Estado. Y es que en nuestro país, caracterizado por la afabilidad y dulzura en el trato, por las expresiones más locas y divertidas en el uso de "palabras gruesas", así como por insultos realmente creativos, el "maldecir" no es algo fortuito, que sale solito a manera de improperio como cuando alguien se te colea o se te atraviesa en el caos del tráfico. No, el maldecir es como el paroxismo del más bajo sentimiento, más aún si lo reiteras hasta el infinito como si se tratara de una letanía de pésimos sentimientos y malos presagios.
No en balde se habla de la llamada "maldición gitana" y sus supuestos efectos nefastos en el futuro del objeto de la maldición. Es como decir: "te deseo lo peor que te pueda pasar en la vida".
Bueno, recientemente el líder maldijo una y mil veces al "imperio", lo que requiere una precisión de saber si se refería a un concepto abstracto, si el asunto iba para Obama o, más allá, si tan "buenos sentimientos" se dirigían a todos los habitantes de ese país (incluyendo a Sean Peen, Dany Glover, Oliver Stone, entre otros "gringos buenos", según la versión oficial.
En todo caso lo que se delata es la molestia del Jefe con lo del uso de las bases colombianas por parte de las Fuerzas Armadas estadounidenses. Eso no es nuevo. Pero pareciera que ese día lo que verdaderamente le desató la ira (también en su estado más puro), fue que un senador norteamericano propusiera el nombre de Venezuela para ingresar en la lista de los "indeseados" que colaboran con el terrorismo.
El Jefe maldijo una y mil veces, lo cual quiere decir dos cosas: o tiene que lavarse la boca con jabón si lo que dijo no lo pensó muy bien y le salió solito, o el asunto es mucho más complicado porque lo que requiere es una limpieza pero del alma.
mariaisabelparraga@gmail.com
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