CARACAS, sábado 31 de octubre, 2009 | Actualizado hace
Acabo de ver el último capítulo de la serie ER y no puedo evitar que unas lágrimas recorran mis mejillas. Estoy triste, pero contento porque tuve la oportunidad de ver una de las mejores series de la historia de la televisión.
Desde el primer episodio que vi por Televen cuando tenía trece años, sentí que los doctores Green, Ross, Benton, Carter, la doctora Lewis y la enfermera Hathaway eran mis panas. Me acompañaron durante quince años y con sus historias me hicieron reír, llorar, asombrarme y asustarme. No me perdía ni un capítulo de la serie, primero por Televen, luego por Sony y en sus temporadas finales a través de la pantalla de Warner Channel. Todas las semanas había un nuevo caso, un nuevo conflicto, una serie de pacientes que luchaban entre la vida y la muerte. Vaya, era impresionante, es impresionante.
Con ER sentí lo mismo que con Mazinger Z, o que con Buffy La Cazavampiros., no importaba que tan malo hubiera sido el día, no importaba que me hubieran raspado varios exámenes (bueno, eso sí importaba un poquito), no importaba que la chica que me gustaba estuviera de novia con mi peor enemigo, porque al momento de encender la televisión y encontrarme con estas series todo eso lo olvidaba y por una hora me metía de lleno en la vida de estos personajes fascinantes.
Durante un tiempo quise estudiar medicina solo para llevar una vida tan excitante como la de estos doctores de televisión, pero luego desistí. Mis notas nunca me iban a dar para entrar en tan demandante carrera y si yo veo una gota de sangre me desmayo, nada de madera de médico.
Pero todo tiene su fin, nada dura para siempre. Luego de quince años la sala de emergencia cierra sus puertas, pero no estoy triste, siempre tendré los momentos que pasamos juntos y, claro, las repeticiones.
andyfsg@hotmail.com
Twitter: Andy_Schmucke
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