Habla Carlos Lozada, trabajador de la Alcaldía Mayor, liberado el jueves
"Los 24 años los cumplí en prisión, qué cosa tan rara. Ese 17 de septiembre me sentía perdido, veía las paredes, los rostros ya tan familiares de mis diez compañeros y todo me daba como vueltas.
Sin darme cuenta me puse a pensar en lo que había sido mi vida y encontré el porqué de mi desasosiego: allá en Trujillo siempre soñé con Caracas, con las cosas que aquí haría, con estudiar en la UCV, tal vez radicarme en la capital, graduarme, sacar otra carrera, formar una familia, convertirme en investigador, pero... ¿preso? Ni en el más raro de mis sueños.
Me sentía comprimido, pequeño, y de alguna manera entendí que lo peor de regímenes autoritarios como el que padecemos es justamente ese: el empequeñecimiento del individuo ante el brutal poder de papá Estado.
Pueden hacer conmigo, con usted, con quien quieran, lo que les dé la gana. Mire: yo el 26 de agosto venía subiendo por la Panteón rumbo al Tribunal Supremo de Justicia en un grupo en el que estábamos como doscientas personas. Íbamos a entregar un documento y caminábamos por la acera, ni siquiera interrumpíamos el tráfico, cuando de pronto nos atacó la PM: bombas lacrimógenas, gente corriendo, confusión.
Yo no terminaba de entender nada cuando un policía me agarra y me dice: "Yo te conozco, tú estabas en la marcha contra la Ley de Educación, tú eres dirigente estudiantil", como quien de pronto reconoce al criminal más buscado. Me meten a la jaula y listo, ese fue mi crimen "tú estabas en la marcha contra la LOE". Esa mi mala suerte.
Cosas similares le pasaron a mis otros diez compañeros. No es que fuéramos los que dirigían nada, fue pura mala suerte, nos agarraron a nosotros como podían haber agarrado a otras once personas del grupo. O a veinte, o a doscientas.
Y bueno, tres días en zona 7 y después a La Planta. Los días pasaban y no terminaba de asumirlo: estoy preso ¿de verdad estoy preso? ¿por qué? ¿Yo qué hice? ¿A quién le reclamo? Preso, sí, pero ¿hasta cuándo?
Mi abogado me decía que por el crimen que me habían imputado (resistencia a la autoridad sin armas) no me podían dar más de 105 días. Lo cierto es que en la primera audiencia a mí el juez, el propio juez, me dijo que mi condena podía estar entre 2 meses y 2 años. Yo le creí y siempre pensé en esos dos años.
No quiero hacerme el mártir en cuanto a la vida en la cárcel. Ni siquiera s´e si puedo decir que estuve en La Planta, porque nos pusieron primero en el área de funcionarios y luego en la de resguardo, siempre estuvimos al margen. No tuve contacto con los otros presos, nos hacíamos la comida y hasta podíamos jugar basket o levantar pesas.
Igual es duro. Supongo que un delincuente piensa en la posibilidad de estar preso, de no poder salir a la calle o planificar una ida al cine o a tomarte una cerveza con amigos. Pero yo nunca pensé en ser un delincuente. En enero me graduaré de filósofo en la UCV (tengo el segundo mejor promedio de mi promoción), y luego quiero hacer un posgrado en Ciencias Políticas: esos son mis horizontes.
En prisión me impuse una rutina, porque si no lo haces puedes terminar loco, y yo ni siquiera sabía cuánto tiempo iba a estar ahí: me paraba a las seis de la mañana, leía la prensa y material que tenía que ver con mi tesis (sobre el pensamiento de Ernesto Mayz Vallenilla), luego hacía ejercicio, almorzaba y en la tarde otra vez leía, esta vez sobre todo un libro de Enrique Tejera París (Gobierno en Mano) y otros de Ludwing von Mises, un pensador austrohúngaro. Al final de la tarde y en la noche nos reuníamos los once detenidos y conversábamos y hasta cantábamos. Me acostaba a las diez. Así hasta que un día por fin los rumores de que saldríamos fueron más que rumores.
Al exigir que se repita la audiencia, la Corte de Apelaciones me dio la razón: estuve 64 días preso por nada. Sin embargo, no le guardo rencor a nadie, porque en la cárcel me hice m´as fuerte. Fuerza fue lo que me transmitieron mis familiares y gente como la rectora Cecilia Arocha o el alcalde Ledezma, que ni por un solo momento se olvidaron de nosotros. Preso sí, pero desamparado no estuve nunca.
Cada día lo viví como un sacrificio, una prueba que debía pasar, y hoy creo que haber estado preso por defender mi derecho a manifestar fue un honor, no un castigo".
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