CARACAS, viernes 30 de octubre, 2009 | Actualizado hace
La mediocridad es la marca de fábrica de quienes detentan el poder en Venezuela en la actualidad. Nada emociona más a un ineficiente que la sensación de estar haciendo algo, sólo la sensación. Por eso no pueden vivir sino en un estado de zozobra burocrática: operativos, horas extras, madrugadas, alertas o emergencias son las coartadas para demostrar un esfuerzo inútil y farsante pues no se alcanza nada productivo.
Es esa incapacidad, blindada por la soberbia, la que ha llevado a la total ruina en la infraestructura del país. El desmantelamiento del sector eléctrico y la crisis de agua han sido tratados por el gobierno como si fueran producto del calentamiento global, como si el gobierno fuese la guardia suiza del protocolo de Kioto, como si hace diez años, cuando Chávez andaba ofreciendo freír cabezas, hubiese habido un plan, una preocupación legítima y organizada para producir más energía limpia y cambiar los hábitos de consumo del venezolano.
La realidad es otra: No sólo no ha habido ni el más mínimo incentivo a la racionalización en el uso de los servicios, sino que, más grave aún, jamás en este decenio oprobioso se ha desarrollado una política de mantenimiento y actualización de infraestructura. La crisis es general y de larga data. Desde hace años en Venezuela vivimos en un caos de abastecimiento de gasolina; es recurrente la inestabilidad en el suministro en muchas regiones y en el Táchira es un producto racionado. El hundimiento de parte de la autopista (calle) regional del centro y la irresponsabilidad que tumbó al viaducto son cosas que parecemos haber olvidado; el desprecio por Vargas; el giro de Sidor que pasó de ser una empresa productiva a una que da pérdidas en el tiempo récord de tres meses luego de que lo tomó el gobierno-Estado, el monumento a la desidia que son todo Parque Central y las Torres de El Silencio, sede de la mayoría de los organismos públicos; todo lo han convertido en una inmensa pocilga.
Pero la ineficiencia y toda esta decadencia no son casuales, son una forma de someter al venezolano. Se raciona el agua y la luz, se crean trabas para trasladarse de un sitio a otro, se sufren colas de horas para llenar el tranque de gasolina en el Táchira, se arriesga la vida al montarse en un ascensor de oficinas públicas. Todo está dirigido a que la gente baje la cabeza, a pensar que ya no vale la pena. El mensaje es claro: Yo, hombre-Estado, decidió sus vidas, desde la hora del baño, el tiempo que mereces electricidad o la cantidad de dólares que necesitas. Simplemente, la vieja historia del comunismo más atroz. El círculo se cierra y la sumisión aumenta.
mrcarrillop@gmail.com
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