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Sobre José Gil Fortoul*
RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
jueves 29 de octubre de 2009  04:48 PM

El siglo XX venezolano es rico en acontecimientos de orden político y social, pero también en grandes personajes. Y no me refiero con esto de "grandes personajes", necesariamente a personalidades en positivo, que hayan entregado su vida a una causa justa y proba, sino a seres de carne y hueso que descollaron por alguna razón; a veces por su denodada acritud frente a sus propias circunstancias históricas. En esta lista podría ubicar a personajes como Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, que por razones harto conocidas por todos lograron ingresar a las páginas de la historia por su despotismo, y muchas veces por su crueldad. Hay otros tipos de personajes, como José Gil Fortoul, por ejemplo, que a pesar de su inteligencia (o precisamente por ella) supieron acomodarse camaleónicamente en el poder, muchas veces contraviniendo las leyes de la lógica y las mismas leyes de la razón, pero que sacaron partido a su posición y pudieron de alguna manera insertarse en la memoria del colectivo hasta llegar a nosotros convertidos en leyenda.

José Gil Fortoul nace en el Barquisimeto rural de finales de siglo XIX y crece en el seno de una familia acomodada. Su época estuvo signada por la guerra, el infortunio y la penuria de una población diezmada por los avatares políticos. En El Tocuyo se educó durante sus primeros años de vida, hasta que cumplidos los 19, pasa a Caracas y cursa estudios de Derecho en la Universidad Central de Venezuela. Mucho antes había dado inicio a su carrera como escritor, publicando artículos en diversos diarios regionales y hasta llegó a editar un libro de poesía que tituló "La infancia de mi musa". Ya en Caracas se hace amigo de otros intelectuales y se empapa de las nuevas ideas y realidades, que inciden de manera directa en su manera de pensar y en su proyecto de vida. Tal fue su aquiescencia con los denominados principios del positivismo y del evolucionismo en boga en aquellos tiempos, que Lucía Raynero, su biógrafa, se atreve a "comprender por qué intelectuales de la estatura de José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz o Pedro Manuel Arcaya formaron parte del gobierno dictatorial de Juan Vicente Gómez". Agrega convencida y contundente: "A sus ojos, Gómez era el caudillo o gendarme necesario". Ésta bien podría ser una explicación o excusa "académica" a tan enojoso asunto, pero desde el punto de vista moral la integridad de tales personajes queda a todas luces en entredicho. La historia no debería justificarlos, me resisto a ello.

Fue Gil Fortoul un intelectual bien dotado, estudioso y disciplinado, para quien la palabra escrita se transformó durante su larga existencia en su razón de ser. Los estudiosos de su persona y de sus libros coinciden en afirmar que su obra más importante es la "Historia Constitucional de Venezuela", a la que le dedicara varios años de empeño. Es más, el propio autor solía afirmar, consciente de su valía: "Eso será lo que de mí quedará". No obstante, una densa obra que comprende: poesía, narrativa, ensayo, artículos de prensa, estudios críticos, filosofía constitucional, memorias, entre otros géneros, basta para dejar de manifiesto la importancia que para el mundo intelectual del siglo XX -y del nuestro-, representa la obra de este complejo y quisquilloso intelectual barquisimetano.

Paralela a su vida de intelectual, corre su carrera diplomática y política. Buena parte de su existencia la vive alejado de su país en representaciones diplomáticas y como encargado de negocios, tanto en Europa como en América Latina. Sus servicios profesionales logran trasmontar varias administraciones públicas, pero fue durante el largo período gomecista cuando el personaje desarrolla su más prolífica e intensa labor como funcionario de carrera. No contento con eso, logra en Venezuela ser ministro, congresista y hasta presidente de la República, dejando sentado en cada uno de sus cargos su espíritu indómito y un afán de notoriedad que mantuvo incólume hasta su muerte.

A pesar de su naturaleza enclenque, como él mismo la calificaba, se destacó como buen deportista, desarrollando con arte y destreza la equitación, el golf y la esgrima. Su aspecto físico e indumentaria no podían ser más emblemáticos: muy delgado, vestía con elegancia, llevaba siempre una rosa roja en el ojal del paltó, monóculo en su ojo derecho, pantalones muy anchos, pipa y hasta un bisoñé. Del carácter ni se diga, pasaba del sosiego a la iracundia en cuestión de segundos, le disgustaba el tener que repetir las órdenes, era preciso en sus tareas y obligaciones, y tenía un acendrado espíritu del nacionalismo y de la patria. Vivió la tragedia de perder a su esposa y a una de sus hijas.

En cuanto a su muerte la biógrafa no es muy precisa al respecto, sólo nos deja saber que existen varias versiones: uno de sus biógrafos, Juan Penzini Hernández afirma que Gil Fortoul falleció la mañana del 15 de junio de 1943 (a los 82 años) después de regresar de dar un paseo por el jardín. Tomás Polanco Alcántara asegura que nuestro personaje "muy temprano en la mañana, después de su acostumbrado baño y de tomar una taza de café, quedó tranquilamente muerto", mientras que Francisco Izquierdo escribió en El Universal que su amigo "murió mientras dormía".

Sea cual fuere la versión exacta de los hechos, Gil Fortoul vivió una vida longeva en la que las facetas de escritor de ficción, poeta, historiador, sociólogo, educador, deportista, periodista, filósofo y penalista, se conjugaron en una recia personalidad, que no dio tregua a sus menguadas fuerzas físicas (sufrió casi toda la vida de reumatismo) para alcanzar sus metas personales y construir una obra escrita que aún el paso de tiempo -que nada perdona- no logra desestimar.

* Semblanza basada en el libro "José Gil Fortoul" de Lucía Raynero. Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Fundación Bancaribe. Vol. 103. Caracas, 2009.

rigilo99@hotmail.com



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