La cobardía de quienes callan ante las violaciones a los derechos humanos es un silencio que ocasiona un ruido que perturba a cualquiera con un poco de sensibilidad humana. Es un silencio que recuerda la complicidad por omisión ante las grandes dictaduras de nuestros tiempos. Callaron cuando la persecución nazi a los judíos. Callaron ante los atropellos de Stalin, de Mao, de Mussolini, de Franco, de Fidel, de Pinochet, de Pérez Jiménez y de tantos dictadores que han azotado a la humanidad. Unos callaron por miedo, otros por el interés de hacer negocios. Lo primero puede entenderse, lo segundo es imperdonable.
En Venezuela, la historia narra que han sido frecuentes las violaciones a los derechos humanos, incluso por parte de gobiernos electos por la voluntad popular. Sin olvidarnos de algunas violaciones que todavía deben ser investigadas, hoy le recordamos a muchos ciudadanos que casi todos los días se producen violaciones a los derechos humanos. En artículos anteriores hemos mencionado los casos de asesinatos políticos, de prisioneros y de exiliados. También el asalto nocturno de los chacales del Destacamento 44 de la Guardia Nacional a habitantes del campo petrolero de Los Semerucos, así como los despidos de sus trabajos de miles de ciudadanos por firmar la solicitud de referendo revocatorio presidencial, por sumarse a un a huelga o por solo hecho de no ser rojos-rojitos. Igualmente, los empresarios no identificados con el régimen no pueden realizar negocios con organismos del Estado, tienen dificultades para obtener la permisología y algunos son despojados de sus bienes.
Quienes guardan silencio abarcan toda la gama de actividades, desde propietarios de medios de comunicación que callan cuando el Gobierno cierra emisoras, hasta ciudadanos comunes e incluso científicos. Así, con motivo de un merecido reconocimiento por parte del Centro de Microbiología y Biología Celular del IVIC, el doctor Luís M. Carbonell reconoció que muchos investigadores habían salido de sus laboratorios en defensa de sus valores y los del país, pero que "podría decir sin ambages que me estremezco de ira e indignación cuando me entero de las violaciones a los derechos de los investigadores, hipócritamente justificada por quienes deberían ser sus custodios… al mismo tiempo siento una profunda pena por el lamentable silencio de otros investigadores que, precisamente por su posición y antigüedad en el Instituto, podrían influir con una protesta racional contra las malas decisiones de la Directiva del Instituto".
Que un José Vicente Rangel guarde silencio o que una Cilia Flores declare que Perú se está convirtiendo en "refugio de delincuentes", no es de extrañar, pero que lo hagan ciudadanos que se consideran honorables y que en privado se declaran enemigos del régimen, es inaceptable. El silencio de muchos que se dicen demócratas produce un ruido perverso que llega a quienes están encerrados en las ergástulas del régimen o confinados contra su voluntad en otros países, o están desempleados por no plegarse a la dictadura totalitaria del siglo XXI. Por ello, estos mudos interesados solo merecen desprecio, pero ojalá rectifiquen y se unan al clamor de ¡Navidades sin prisioneros políticos, ni exiliados!
eddiearamirez@hotmail.com
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