Los pobres no son una necesidad para la subsistencia de regímenes populistas
Jean Boissonant, ensayista francés, distingue tres grandes etapas del cristianismo: el primer milenio, la era de la contrición. Era tal el peso de las calamidades, las hambrunas y persecuciones, que la humanidad recurría a la religión para sobrevivir. El segundo, lo denomina de la acción. El cristianismo tuvo el empuje para combatir la pobreza con las órdenes mendicantes y con el impulso misionero que llevó a la expansión en el orbe terráqueo.
En el tercer milenio, el cristianismo tendrá vigencia si se pone el acento en la compasión. El progreso humano y el avasallamiento de los poderes fácticos pesan de tal forma sobre las personas e instituciones que tienden a subyugarlos mediante la manipulación y la explotación. Los hechos así lo confirman, razón por la cual, ante el peso de los gobiernos y las grandes transnacionales, las ONGs y las iglesias se convierten en las grandes defensoras de los derechos humanos integrales.
No parece errada la percepción. Se intenta debilitar la presencia de la Iglesia católica, en lo que ha sido su mayor aporte: la defensa y promoción de los más débiles, a través de las obras educacionales, culturales, sanitarias y a la permanente denuncia de los abusos del poder político y económico. Benedicto XVI señala que la crisis no se remedia con las ayudas. Los pobres no son un fardo que hay que arrastrar, ni una necesidad para la subsistencia de regímenes populistas. Ni el mercado ni los gobiernos totalitarios tienen necesidad de una cuota de pobreza y subdesarrollo para funcionar mejor.
El gran desafío es mostrar cómo la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, deben ser expresión del don de la fraternidad, caridad y verdad, al mismo tiempo. Es la verdadera compasión. Buena razón para los que pretenden sacar a Dios de la escuela y del corazón de los venezolanos.
faustih@hotmail.com
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