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¿Quién quiere muerto al Presidente?

He aquí quien, más que nadie, quiere que el Gobierno termine con la muerte del Presidente

MANUEL CABALLERO |  EL UNIVERSAL
domingo 11 de octubre de 2009  12:00 AM

Como todos los columnistas de prensa, hay gente que cree en lo que yo digo, hay gente que no, y hasta me doy el lujo de tener "ni-níes". Pero el conjunto de mis desocupados lectores no creía en sus propios ojos cuando leyó mi artículo del sábado siguiente al 4 de febrero de 1992. Allí manifestaba mi simultánea solidaridad con dos personas que se detestaban entre sí; los apoyaba al mismo tiempo aunque por razones distintas; y pese a que ninguno de los dos era santo de mi devoción.

Para remate, como testigo de cuán difícil era para mí hacerlo, un hombre tan descreído y tan poco patriota como yo, invocaba el testimonio de aquel que nuestro himno llama "el Supremo Autor". Manifestaba entonces mi solidaridad con Carlos Andrés Pérez y Rafael Poleo; y el artículo comenzaba y terminaba como cito en el siguiente párrafo. "Solo Dios sabe"

Decía al inicio del texto : "Quiero comenzar esta página manifestando mi apoyo sin ninguna reticencia al gobierno constitucional del presidente Carlos Andrés Pérez. Sólo Dios sabe cuánto me ha costado escribir una frase como la anterior". Y al final, se cerraba con la siguiente nota: "Quiero terminar manifestando mi solidaridad con la revista , cuya redacción fue allanada y sus números decomisados. Sólo Dios sabe cuánto me ha costado redactar la frase anterior"Zeta.

Ambas frases fueron escritas en una circunstancia específica; pero reflejan dos posiciones permanentes en mi vida pública, de articulista de opinión: una, considerar que el peor de los gobiernos civiles es mejor que el mejor de los gobiernos militares; dos, que la defensa de la libertad de expresión no debe conocer excepciones, por muy aborrecible que pueda resultarnos el medio o el escribidor atacados. Hoy quiero expresar una tercera posición: estoy en contra de quienes creen que la única manera de acabar con un gobernante sea con su muerte. También muy intratable

Y en esta última posición soy tan intratable como en las otras dos. Es por eso que defiendo a Rafael Poleo; y al mismo tiempo, aunque me repugne hacerlo, diré el nombre y el apellido de quien, sin ocultarlo o casi, quiere que este gobierno termine con la muerte del Presidente.

Comencemos con Poleo. Es muy posible que, ante la amenaza de imputarlo por incitación al magnicidio, el periodista decida acogerse al asilo que le ofrezca un país extranjero. No es cosa de criticarlo, pues a su edad, no sería saludable que esté visitando esas maisons closes bastante desaseadas que son los tribunales de justicia venezolanos de esta era: hasta estrechándole por elemental cortesía la mano a la inmoral madama que las administra, puede uno contagiarse de alguno de esos males que incuba el uso de la boina colorá.

Pero yendo al fondo del asunto, en la frase de Poleo no hubo intención de causar mal alguno, sino una amigable advertencia. Y además, una cierta ignorancia de la circunstancia real del suceso ejemplar. La abuelita, la chica y la barriga

Poleo jamás dijo que deseaba (ni siquiera que creía) que el Héroe del Museo Militar terminaría como Il Duce: pespunteado de metralla, colgado por los pies y escupido por ese pueblo que alguna vez lo vitoreó. No, señor: lo que Poleo hizo fue dirigirse al susodicho en tono de "pana burda" ("Mira, muchachito tonto, ten cuidado no te vaya a pasar&"), un poco como lo haría la abuelita preocupada que sermonea a su nieta adolescente para que no le pase lo de su vecinita, a quien por atarantada le pusieron tremenda barriga.

Pero en su ejemplo para aconsejar a su amiguito tarambana, Poleo se equivocó. Porque (ya lo relatamos aquí hace algunas semanas) a Mussolini no lo mató una bala del comandante Valerio. No: el tirano fanfarrón estaba muerto del susto antes de que el partigiano lo pusiese contra el paredón. Estaba tan muerto de miedo, él que se jactaba de su patriotismo, de su italianismo, que cayó vistiendo el odioso uniforme alemán que una airada multitud le arrancó a pedazos antes de colgarlo por los pies. Pellejo en peligro

Es cierto que, pensando en los dos únicos episodios de la vida de su "pana" gobernante cuando creyó que su preciado pellejo corría peligro, Poleo tuvo acaso razón en su comparación. Sabiendo con exactitud cómo murió il Duce, no se necesitaban dotes adivinatorias, ni el tono incitatorio para afirmar que en pareja circunstancia, oliendo "y no rosas", volaría al otro mundo el Héroe del Museo Militar, el confeso lloricón del 11 de abril.

Pero aquí no termina este artículo; hemos prometido revelar el nombre de quien conspira para que este gobierno termine con la muerte del Presidente. No negaremos que, con él, muchos lo desean; pero él, más que ningún otro, supera a cualquier potencial magnicida; pues trabaja a diario, por todos los medios lícitos e ilícitos, para que el actual gobierno termine con esa muerte. Ni siquiera lo oculta, sino que lo proclama a los cuatro vientos, secundado en tan malsana intención por las vociferaciones de unos cuantos malencarados secuaces.

Tan descarado es en su actitud, que, para no dejar dudas, se reúne, se exhibe y hasta se da bombo sólo con gente que piensa y actúa de su misma manera, pese a la condena universal.

Pero ya basta de hablar en abstracto. No evadiremos la promesa hecha al principio de estas cuartillas; que daríamos el nombre completo de ese delincuente. Aquí va: ese torvo individuo se llama Hugo Chávez Frías, el hombre que más desea en este país que su gobierno se termine solamente con su vida.

hemeze@cantv.net

 



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