La realidad se refleja en el abdomen, luego en la sangre y por último en la economía
Mi hija Andrea ya descubrió la Coca-Cola. Igualmente le encantan los juguitos envasados con poca fruta y mucha azúcar. Niña al fin, tiene debilidad por los sabores dulces, así como millones de personas que cada día beben sodas, jugos, líquidos energéticos y otras bebidas sobrecargadas de azúcar, fructosa y edulcorantes en apariencia refrescantes, sanas y deliciosas. La realidad es otra. Una que primero se refleja en el abdomen, luego en la sangre y por último en la economía nacional.
Acá unas cifras para tomarlas con hielo: los estadounidenses consumen diariamente 300 calorías más que hace dos décadas, casi la mitad provenientes de bebidas endulzadas. Semanalmente se beben cuatro litros per cápita, volumen que se triplicó de 1977 al 2000, y el consumo de los adolescentes está por encima del promedio nacional. La ingesta excesiva de estas bebidas promueve la obesidad, que a su vez genera diabetes y otras enfermedades crónicas, las cuales requieren tratamientos médicos que en los últimos años han incrementado en 30% los gastos del programa de salud federal para mayores de 65 años, Medicare. By the way, las obligaciones del Medicare representan más de la mitad de la deuda real de EEUU. Estamos hablando de $36 trillones, que por supuesto, el país no tiene. No estoy diciendo que las bebidas con alto contenido de azúcar son responsables de la quiebra fiscal de EEUU. Pero su peso se hace sentir.
Como una forma de captar fondos para la reforma del sistema de salud, y de reducir el consumo, ha reflotado la idea de un impuesto federal a las bebidas edulcoradas. No sólo a las sodas, sino a toda bebida con alto contenido de azúcares, lo que podría generar $10 mil millones anuales. La propuesta no entró en el proyecto de ley que debate el Comité de Finanzas del Senado, pero desecharla sería una mala idea. De hecho, ya algunos estados tasan estas bebidas. La reacción natural y artificial de la industria ha sido denunciar una "ingeniería social" en contra de la libertad de los consumidores y la voracidad fiscal del gobierno central.
Explicarle todo esto a mi hija Andrea resultaría inútil, por ahora. Pero ella ya sabe que la Coca-Cola se toma con moderación. La dulzura de la infancia no significa cargarse de azúcar, y más adelante, cuando entienda a cabalidad las consecuencias de sus acciones, estar informada de los riesgos y beneficios le ayudará a tomar una mejor decisión.
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