Las variables esgrimidas por los expertos para medir los índices de pobreza han cambiado con el tiempo. La histórica tosquedad gubernamental y las inconstantes condiciones sociopolíticas de los países pobres, sobre todo de latinoamericanos, imposibilitaban dimensionar el concepto de pobreza porque no estaba muy bien definido el de riqueza. Ahora se habla de modelos de desarrollo como auxiliar del pensamiento para constreñir parámetros que permitan definir ambos términos.
Los países desarrollados y los llamados progresistas han adoptado como índice de bienestar y desarrollo el número y la calidad de sus viviendas. Este precepto, más que concepto, deviene de la teoría que el hábitat ha estado arraigado al hombre desde su origen. Y es desde allí donde pueden fomentarse la planificación y los valores afectivos de la familia y del grupo. Este régimen "revolucionario" que habla tanto de humanismo ha tenido la peor difusión en construcción de viviendas.
Los gobiernos de Medina Angarita (1941-1945) y Pérez Jiménez (1952-1958), consientes de este impostergable problema, dieron prioridad a los proyectos habitacionales masivos. Entonces el Estado, como lo es ahora, propietario de casi todas las tierras, las puso a disposición de entidades privadas y en conjunción se materializaron extraordinarios desarrollos urbanos. Cabe recordar dos de ellos: El 23 de Enero y El Silencio. Las instituciones estatales versadas en la materia como El MOP, Inavi, Mindur, entre otras, jugaron un papel relevante.
Esa dinámica continuó con rigor a partir de 1958 con la creación de las entidades de ahorro y la banca hipotecaria. El proceso inflacionario iniciado en la década de los ochenta perturbó el ritmo de los créditos hipotecarios de largo plazo y por ende la adjudicación masiva de viviendas. No obstante esa limitante financiera los gobiernos sucesivos, excluyendo el actual, no descuidaron el sector. Por ejemplo, en el último año de la segunda administración de Rafael Caldera, con el precio del barril de petróleo a 7 dólares, se alcanzó la meta de 100.000 unidades; un 35% menos que las edificadas por este régimen "humanista" en 10 años, no obstante haber contado con ingresos petroleros multiplicados en una década por diez y hasta por quince.
¿Por qué ha caído brutalmente la industria de la construcción? El régimen aupado por la trampa ideológica populista y por grandes negociados poco le importa incursionar en un sector tan complejo que requiere de afanosa dedicación. Es más "cómodo" dedicarse al Fast Track cambiario que deja mejores réditos revolucionarios y que es urdido desde acolchados poltrones enclavados en lujosas oficinas. Ante tanta ineptitud, corrupción e indolencia, el gobierno no encuentra salida. Entonces el jefe decide echar mano de los consabidos adagios populistas de confrontación social tan manoseados y decide, una vez más, arremeter contra el sector privado.
El programa anunciado por el presidente para mejorar los barrios por razón de otro título rimbombante "Barrio Tricolor" no pasa de ser otra extravagante patraña para seducir de nuevo, mediante el engaño, a los más pobres. Más de 300 planes de mejoramiento de barrios, diseñados en este gobierno por verdaderos expertos, han sido desestimados por la asechanza chavista. Ahora, en plena campaña electoral, Chávez presenta "Barrio Tricolor" como un bebedizo milagroso capaz de ensamblar bloques por la gracia de su magia. No se da cuenta que hasta al prestidigitador más ecuménico se le acaban los trucos.
Mientras el Parlamento aprueba la ley de tierras urbanas que no es otra cosa que un avío de confiscación y el ejecutivo arremete contra la industria de construcción mediante decretos y resoluciones, el hacinamiento se agudiza no sólo en barrios sino en urbanizaciones de clase media. Es común observar hasta tres grupos familiares viviendo en 100 m2. Las invasiones conjuradas de terrenos privados o públicos nada resuelven. Por el contrario, agravan el conflicto además de pervertir el ambiente pues al poco tiempo estos asentamientos se transfiguran en verdaderos guetos de promiscuidad carentes de los servicios más elementales. Aún así, la excusa oficial para su fracaso es que el Estado no dispone de suficientes tierras; razón por la cual deben confiscar aquellas en manos de "despiadados terratenientes".
Los elevados costos del suelo, el incesante incremento del precio de los materiales de construcción, las altas tasas de interés, más el inclemente acoso del Estado contra la industria privada, han tendido un manto de sombra sobre la industria de construcción. Entretanto parejas de profesionales jóvenes, y muchas otras, están impedidas de adquirir algún tipo de vivienda. La dicotomía salario-inflación ha creado el más craso proceso de degradación social que confronta nuestra generación y, con mayor dificultad, las generaciones sucesivas. La inflación no debe considerarse sólo como un simple indicador económico; es un factor de perturbación que atenta contra la estabilidad familiar y el sosiego colectivo. ¿Aún cree Chávez que va por buen camino?
miguelbm@telcel.net.ve
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