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La demolición como política

Se derrumba una cierta cohesión social que mal que bien nos hacía vernos como una nación

JUAN MARTÍN ECHEVERRÍA |  EL UNIVERSAL
domingo 27 de septiembre de 2009  12:00 AM

El régimen parte de tres lineamientos básicos: el primero, que quien exprese una opinión contraria al autoritarismo es un enemigo; el segundo, destruir el orden establecido para implantar el paraíso radical socialista; y el tercero, jamás verse en el espejo y responsabilizar a los demás de la ingobernabilidad. Frente a estos lineamientos se presenta enorme la ultrarrealidad que le restriega a 27 millones de venezolanos: la inseguridad, el colapso de los sistemas de salud, la escasa construcción de viviendas y la demolición de la sociedad.

Se agrega el derrumbamiento de una cierta cohesión social, que mal que bien nos hacía vernos hacia dentro y hacia fuera como una nación, con el pasado alumbrando el porvenir. En cambio el presente se resume en que el edificio institucional se desplomó encima de los ciudadanos, porque se ha ido destruyendo durante estos diez años, minuto a minuto durante las 24 horas del día, lo que se había construido durante muchos años. Ionesco lo resume en una frase "hemos llegado al punto extremo del desastre" o de la anarquía estimulada desde el poder.

El paredón judicial está utilizando un modus operandi aberrante en contra de los estudiantes, fotografiados cuando marchan de manera pacífica y sin armas, luego los identifican, ubican sus direcciones e inician su criminalización a través de imputaciones que incluyen el delito de rebelión civil, cuya pena dificulta ser juzgado en libertad. La opinión pública presencia asombrada la persecución contra la generación de relevo, preparada y defensora de las libertades.

El oficialismo ha demostrado desde el principio niveles de intolerancia increíbles, por ello su política utiliza los segmentos más rudimentarios del ser humano, estimulando la agresión contra el adversario, calificando de enemigos a conocidos compatriotas y de amigos, a los cuales hay que ayudar, a quienes ideológicamente comparten el socialismo radical y son iraníes, cubanos y otros. Mientras se manipula a más de diez millones de pobres y se castiga a quienes sostienen la pluralidad y la vigencia de la globalización.

Ningún país puede sobrevivir en democracia sin controles institucionales, sin las organizaciones partidistas que sirven de mediadores entre el poder y la ciudadanía, sin la prensa, radio y televisión que deben investigar, criticar y denunciar las irregularidades y abusos de poder. Si hay improvisación y se derrochan los recursos, hay que decirlo, porque pertenecen a los venezolanos oficialistas o disidentes y deben ser destinados a resolver las prioridades pendientes, que son muchas y gravísimas.

Nadie discute la urgencia en recomponer a nuestra democracia, sin embargo ello no implica destruir las industrias pesadas de Guayana, las ONG consagradas a la protección de los derechos humanos, y a los sindicatos que ejercen la legítima representación de los trabajadores. El desmantelamiento de la política de convivencia, y de la gran política, es una gran demolición y con los escombros va a ser imposible reconstruir nada. El socialismo radical no puede identificarse con la ineficiencia, destrucción y el paredón judicial para quienes no comparten sus ideas.

juanmartin@cantv.net



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