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El último dinosaurio
JOSÉ LUIS MÉNDEZ LA FUENTE |  EL UNIVERSAL
jueves 24 de septiembre de 2009  04:35 PM

Es un hecho incuestionable que cuando Chávez ganó las elecciones presidenciales de 1998, los partidos políticos venezolanos eran algo así como especies en extinción. Para aquel entonces, los partidos tradicionales corrían una suerte de desazón, en muy buena parte, debida a los personalismos enraizados en sus entrañas y los caciquismos clientelares que los habían chupado y exprimido hasta el tuétano. La candidatura y posterior presidencia de Caldera en el 94, se puede decir que, en cierta forma, fue el empujoncito que terminó de precipitar la debacle partidista. De repente, se dio una situación extraña y es que, por primera vez, desde que Acción Democrática ganara su primera elección en 1958, los dos partidos más importantes del país hasta ese momento, como lo eran AD y Copei, se encontraban en la oposición al mismo tiempo. Se corroboró algo que ya se sabía, como era que los liderazgos estaban por encima de los partidos. Caldera para la gente, era y no era copeyano, al mismo tiempo. Fenómeno, aunque no tan marcado, similar al de Pérez en su segunda presidencia, cuando se le acusó de no haber incluido adecos en su gabinete. Gobernar con amigos no es lo mismo que gobernar con una organización política, aunque lo parezca.

Por eso, cuando Chávez se tira al ruedo para participar en aquellas elecciones presidenciales, lo hace desde la oposición, la misma oposición en que se encontraban AD, Copei y Proyecto Venezuela, entre otros. Por primera vez desde hacía muchos años, el Gobierno como tal, no contaba con una organización política, ni con candidatura propia, en un proceso comicial presidencial. No fue Chávez, sino Caldera, quien acabó, de alguna manera, con el bipartidismo que el había ayudado a establecer y, de paso, con la alternabilidad democrática adeco-copeyana. Una alternabilidad que sirvió, igualmente, para definir las relaciones gobierno-oposición de los últimos 40 años de la vida política venezolana.

Todo este cuadro de antecedentes quizás pudiera explicar por qué la oposición venezolana lleva los últimos 15 años perdida y tratando de encontrarse a sí misma, dividida antes y diluida después, en nuevas organizaciones políticas como un Nuevo Tiempo o Primero Justicia. Y que quede claro que lo mismo le pasó a la izquierda tradicional opositora, hoy en día engullida por el PSUV, hasta el punto de que partidos tradicionales como el MAS o el PCV están prácticamente desaparecidos. Pero lo más paradójico de todo, si se quiere, es que esfumados los candidatos presidenciales de siempre, los partidos una vez en la oposición, no han sido capaces de cristalizar nuevos liderazgos. Aunque es cierto que Chávez, desde el gobierno, lo ha impedido en buena parte, a través de las inhabilitaciones políticas y las persecuciones judiciales, es evidente que esta circunstancia no explica aquella debilidad por si sola y que el asunto es mucho más complejo.

Quienes creyeron que con Chávez se terminaron los liderazgos añejos y el señorío feudal en la política venezolana, se equivocaron. Como también se equivocaron quienes pensaron que con Caldera se extinguió el último de los dinosaurios de una época marcada por el paternalismo político. O que fue, más bien, Alfaro Ucero el último de sus representantes.

La verdad es que nada ha cambiado. Por el contrario, con Chávez, todo se repite como una copia al carbón. Su gobierno de más de diez años, para superar a Pérez y a Caldera. Su personalismo que lo ocupa todo, el espacio, el tiempo y hasta lo cotidiano. Y hasta su huella imborrable, fosilizada para la historia, como la de un gran dinosaurio.

Xlmlf2@gmail.com



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