CARACAS, jueves 24 de septiembre, 2009 | Actualizado hace
A la vista esa crucial elección de diputados a la ANL, quienes habrán de elegir cuatro candidatos a magistrados del TSJ para cubrir sendas vacantes y poner fin a la permanente provisionalidad -antífrasis atinente a la típica contradicción criolla- que juzga con la suprema autoridad (impropia de suplentes) de quienes dicen la última palabra. O acaso elíjanlos ahora los actuales asambleístas.
Cualesquiera diputados de hoy o mañana, tendrán una responsabilidad eminente. El elegir jueces, en particular los de más elevada jerarquía o magistrados, es misión espinosa y prueba a fuego vivo la capacidad lógica de tales electores y en especial su fibra ética: los jueces pueden hacer mucho bien o mucho mal pues deciden sobre vida y hacienda. Son tan importantes cuan peligrosos. Son más graves sus yerros por ser de supuestos entendidos y provienen de ignorancia o mala fe o de ambas al unísono. Por eso han de elegirse los más competentes e íntegros. Las verdaderas credenciales son indefectibles (¡cuidado con el odio académico!) y sobre todo esa impar joya del alma que es un límpido nombre forjado en lo bueno y probado por la más rigorosa inspección moral. Por si fuere poco, requieren valor; pero como no hay "valientómetro" debe confortárseles con una férrea custodia personal y mejorar sus honorarios: lo contrario es despreciar su gran valentía, honradez, alta cualificación científica y especializadísimo trabajo y seguir, como hace décadas, sin entender que el Poder Judicial es lo más importante en una democracia.
De todo ello están bastante más concernidos los magistrados del TSJ y la magna obra que se les confía. El ocupar estos cargos es anhelado por muchos. Con motivo bastante aspiran jueces superiores; pero debe aquilatarse su ejecutoria y máxime si presidieron circuitos: unos lo habrán hecho bien; pero otros abusaron e involucionaron en ánimas reyezuelas de banda. Tales designaciones han de ser hechas con sumo tiento y muy especialmente las del TSJ: no es cuestión de simpatía o comadreo...
Confiar un poder tan grande a unos diputados los compromete a honrar su prominentísimo deber. Y será ese único magistrado infalible, Cronos, el que sentenciará acerca de la actuación de los juzgadores: si yérguense íntegérrimos ante la sociedad y la Historia; o si carcomidos despeñáronse a inconfesables simas y en su caída mancharon a sus electores. Porque no pueden éstos desvincularse de la conducta de sus ungidos y, en patética disyuntiva, o avanzan con el orgullo de quien lleva del brazo a un anciano ennoblecido; o saltaron atrás como atados a un cadáver que les podrecía el pecho.
Así que hay que decir como Aristóteles en su controversia con Platón: "Amicus Plato, sed magis amica veritas" o "Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad"...
aafontiveros@cantv.net
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