CARACAS, lunes 21 de septiembre, 2009 | Actualizado hace
Una de las tantas prerrogativas de los sistemas democráticos desarrollados, como el de Estados Unidos, es que gente de cualquier calaña puede expresar sus ideas con absoluta libertad y sin riesgos de ser reprimido o encarcelado. Hasta un individuo como Oliver Stone puede utilizar su talento para subastarlo y transfigurarlo en un utensilio de manipulación tarifado. Obviamente para ello debe apuntalarse en los avíos del capitalismo como, por ejemplo, el dinero (money).
Este personaje, americanísimo, nacido en New York, de padre judío y madre francesa (católica), convertido al budismo, con estudios en las universidades de Yale y New York, partícipe en la guerra de Vietnam en la que fue herido dos veces, se interesó al principio, según sus aseveraciones, en producir documentales que reflejen cierto grado de "veracidad". Sin embargo, no pocos críticos han señalado que sus trabajos se caracterizan por esconder una extraña mixtura que no logra separar su remisión ensimismada de la manipulación ramplona.
Más allá de criticar el estilo quimérico de su calado cinematográfico, debe subrayarse cómo en el documental alegórico de la figura de Chávez se superpuso su contagio mercantilista al recato profesional pues el filme no se refería a un asunto banal ni un comic intrascendente. Bajo un título llamativo, como todos los que produce Stone, South of de border (Al Sur de la frontera), resalta las bondades de un presidente que, como nuevo mesías y con un "modelo real de democracia", lleva a cabo la mayor transformación social de los últimos tiempos.
Nadie le niega a Stone el derecho de admirar con fogosidad al presidente Chávez pero, asimismo, de ningún modo lo tiene para mentir y desvirtuar la dura realidad que se vive en Venezuela. Por ejemplo, ¿se enteró el señor Stone de los niveles de violencia que vive el país y del número de homicidios semanales secuela del hampa desatada, sobre todo, en los sectores más pobres? ¿Y del número de presos políticos? ¿Y del cierre masivo de las estaciones de radio y TV? ¿Y de las leyes confiscatorias de la propiedad privada? ¿Y de la incursión punitiva en el sistema educativo? ¿Y del incesante encarcelamiento de estudiantes? ¿Y del deterioro de los servicios?
Si el documental hace caso omiso de estas interrogantes se convierte en otro guisote propagandístico de los tantos transmitidos, a diario y todo el tiempo, por las manoseadas emisoras del gobierno. Pareciera que el régimen hubiese creado un comité redactor de instructivos para aleccionar al señor Stone, así como lo hace con sus partidarios, sobre las bondades de la revolución bolivariana. El gobierno juega a que la propaganda con gran pompa e irascible es más eficaz porque en apariencia funciona sin dirección centralizada. ¿Cómo puede el inefable señor Stone aseverar que Chávez acaba con la pobreza, de manera plana, sin siquiera conocer los estudios ecuánimes que al respecto existen ni de la condición de los excluidos que día a día se multiplican casi a ritmo exponencial.
Pero el asunto no se restringe a elaborar un documental encargado por su héroe, también se permite sugerirle al presidente de su propio país, Barack Obama, que copie el modelo venezolano como restaurador de la justicia perdida. Además, con acento casi de reclamo, señala que es el Rey de España quien debe callarse para oír la voz de Chávez. Y de su propia génesis considera que el mundo debería generar decenas de Chávez. Ciertamente es preferible la ignorancia de los incautos que la arrogancia de los necios.
Más allá de cualquier reparo personal sobre el documental, Stone se esmera en diferenciar su persona del lado "perverso" del capitalismo siendo uno de sus representantes más genuinos. Hijo de un agente de de Bolsa de Wall Street, residente de la más ostentosa zona de Los Ángeles, histrión de una industria que mueve cientos, si no miles, de millones de dólares al año de la cual se beneficia, arrienda su talento sin pudor para promover una impresión, por demás frívola, sobre un presidente megalómano que se esmera por sembrar el odio.
¿Qué le puede importar al señor Stone, ciudadano de uno de los países más democráticos del mundo y sede del capitalismo mundial, los tiempos difíciles que vive Venezuela? Por ejemplo, que el Tribunal Supremo de Justicia haya coadyuvado a la erosión de los derechos civiles; que los sospechosos de "interés" sean recluidos sin audiencia por meses y años; y que las leyes sean lo de menos. Con el transcurrir del tiempo Venezuela se está convirtiendo en un Estado totalitario. Los abogados están impedidos de representar a sus clientes. Se vulnera a diario y bajo cualquier eufemismo jurídico el derecho a la privacidad. ¿Qué se busca con todo esto? Que la población caiga en la trampa de aceptar la falta de libertad a cambio de "cierta seguridad".
La policía se niega a revelar los métodos que utiliza y las evidencias que introduce. Ésta y los fiscales se acostumbraron a pisotear y usurpar las libertades civiles básicas sin importar el desacato a la Constitución. Basta que el fiscal pida un veredicto para que la sentencia del juez lo confirme. ¿Declaración de los Derechos Humanos? Lo irónico es que el régimen gasta millones de dólares, como en la cinta del señor Stone, para catequizar a personas a que asuman una conducta pasiva y complaciente. Cuando la opinión pública se expresa con indignación ante cualquier abuso institucional las autoridades se limitan a levantar sus cejas con desdén. ¿Seguro que el señor Stone desea que el presidente Obama copie este modelo represivo?
miguelbm@telcel.net.ve
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