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Una enmienda "de calle"

No recordar sólo los ataques a la libertad, sino también las victorias populares

MANUEL CABALLERO |  EL UNIVERSAL
domingo 20 de septiembre de 2009  12:00 AM

Hace algunos años, durante el gobierno del primer Bush, el padre, sus secuaces en el Parlamento intentaron hacer aprobar una ley para meter preso a quien se atreviese quemar la bandera norteamericana, como la habían tomado por hacer algunos en las protestas antibélicas desde los años sesenta. El propósito de los republicanos era menos el de castigar a algunos manifestantes marginales que de acorralar a sus rivales demócratas en un callejón sin salida: o se rendían ante la propuesta republicana destinada a acallar las críticas, o se les podía acusar de antipatriotas por negarse a defender Old Glory, como llaman ellos a la bandera de las barras y las estrellas. Pero los demócratas se salieron de la suerte poniendo, por encima de un símbolo sagrado, la Constitución de EEUU.

No valen excepciones Porque la Primera Enmienda de esa Constitución garantiza la libertad de expresión en una forma tan inequívoca, que contra ella no valen excepciones basadas en circunstancias particulares, en referencias casuísticas, ni en la sacralización de un símbolo.

Hemos escuchado algunas veces la triste queja porque en nuestro país no se posea semejante instrumento legal, o mejor dicho semejante respeto y acatamiento sociales de una norma constitucional. En verdad, en el país en que vivimos, la falta de respeto y acatamiento sociales es a cualquier norma constitucional.

Eso es cierto, si nos vamos a ceñir a lo establecido en lo que los positivistas llamaban "las constituciones de papel". Pero sí existe aquí un principio parecido impuesto no por un texto constitucional, sino por los hechos, por la historia, por lo que Maquiavelo llamaba la veritá effetuale della cosa.

La historia de una libertad Es lo que sale a la luz cuando se reflexiona no sobre la historia de las agresiones, de los ataques, de la ofensiva general contra la libertad de expresión, sino de la lucha por defender esa libertad, y en algunos casos ejemplares, no sólo luchas, sino también victorias. El primero de esos combates, y el primero de esos triunfos se produce en un día que consideramos la fecha natal de la democracia venezolana: el 14 de febrero de 1936.

No vamos relatar de nuevo lo sucedido aquel día, sino a destacar un hecho que permite considerar así esa fecha. El pueblo venezolano tenía muchas razones para echarse a la calle a protestar, y lo había venido haciendo, por así decirlo, "por cuotas" al día siguiente de la muerte del Benemérito el 17 de diciembre de 1935: había comenzado a saquear las casas de los gomecistas, una manera primitiva (y de raigambre hispánica) de castigar el peculado y los privilegios de la oligarquía militar.

El cauce fue la libertad Había comenzado a protestar, y también a celebrar; con los reclamos de los hambrientos y los desempleados; para celebrar el regreso a casa de los presos y los exiliados, y porque no hubiese excepciones; en fin, para mostrar su disgusto contra los mil y un problemas que había dejado intactos, magnificado o creado el gomecismo. Pero esas corrientes no habían encontrado un gran cauce que hiciera de la suya una fuerza arrolladora. El cual se presentó cuando, asustado por el rumor de la calle, el Gobierno intentó establecer la censura de prensa. La más grande manifestación que hubiesen visto ojos venezolanos se produjo en Caracas, llegando hasta Miraflores y haciendo retroceder al gobierno de López Contreras, que accedió a sus demandas.

De modo pues, que saltando por sobre sus pequeños destinos individuales e incluso por sobre sus grandes concreciones sociales (el hambre, la enfermedad, la ignorancia, el desempleo) el pueblo caraqueño se la jugó entera en la defensa de un principio abstracto: la libertad. Había nacido así la democracia venezolana; como siempre, en la calle.

La puntilla final Por otra parte, no se debería olvidar que la puntilla final a la tiranía la dio en 1958 la huelga de la prensa. Una vez más, la defensa de su libertad cohesionó a la sociedad entera que repudiaba la dictadura, le dio un cauce a su torrentosa voluntad. Y no olvidemos tampoco que durante diez años de una hegemonía militar impuesta a trompiconazos, la primera derrota del régimen en el 2007 fue una secuela de la decisión dictatorial de cerrar Radio Caracas TV; fue un castigo del electorado, y dolió tanto al mandamás, que no tuvo otro remedio que reconocer la victoria de sus oponentes si bien, como suele sucederle, la calificó echándole encima lo que derramó a raudales en la batalla del Museo Militar.

De modo que cada vez que se nos de la ocasión de hablar de los atentados contra la libertad de expresión, no deberíamos quedarnos en la denuncia y el lloriqueo; sino recordar que desconocer aquel principio, olvidar aquel ejemplo del 14 de febrero, aquella "enmienda de calle" a nuestra constitución real, ha sido la boca del infierno para nuestros tiranos o aspirantes a tales.

Cuyo empujón final suele dárselo el desconocer cuando un reclamo, una protesta, deja de ser particular para hacerse nacional. Cuando no es "la oligarquía", o "la Iglesia" o los "monopolios mediáticos" o "la prensa extranjera", o "la SIP" los que cuestionan, sino el país entero. Eso que oímos expresar a Elizabeth Fuentes, respondiendo a las preguntas de un corresponsal extranjero: "como gremialistas, toda la vida nos hemos enfrentado al empresariado; por primera vez, estamos de acuerdo con ellos". Como en l936, la defensa de un principio deja de ser una consigna sectorial y se ha vuelto un reclamo nacional.

hemeze@cantv.net



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