Cada vez que en Venezuela salimos a la calle, nos topamos con una realidad indiscutible: la inseguridad enseñoreada y convertida en la dueña de los espacios otrora de paz y convivencia, el flagelo con el que absolutamente nadie desea convivir. La inseguridad afecta notablemente el desarrollo de cualquier país, porque desvirtúa los valores y desmonta las oportunidades de crecimiento, tanto moral como material. Cuando una sociedad está crispada por la violencia, invierte sus valores, de manera involuntaria, desnuda sus miserias y se rehúsa a darle prioridad a otro aspecto que no sea la confrontación, como una forma de no caer devorado ante los tentáculos de este fétido monstruo con vida social.
Hasta esta instancia ha llegado Venezuela. Chávez ha desmembrado la esperanza de muchos venezolanos, empeñado en enrostrarle a sus opositores que cuenta con la fuerza de la violencia para mantenerse en el poder, aun a costa del descrédito y la desaprobación de la mayoría, tal y como ocurre actualmente. El régimen venezolano, de inocultables pretensiones marxistas, es una suerte de maleficio surgido de la incapacidad de los venezolanos de comprometerse con el país, un intangible que pisoteamos sin compasión y sin ningún tipo de remordimiento, en la creencia de que esta pesadilla jamás ocurriría. Antes de la era Chávez, asfixiamos de tal manera al país que de él brotó el vómito fétido y brutal del odio y la confrontación, estimulado por unos mercenarios surgidos de la oscuridad, los mismos que se rasgan las vestiduras pregonando el socialismo, pero se exhiben como auténticos capitalistas.
El problema no es ser socialista o capitalista, sino la perversión del doble discurso y la manipulación a una sociedad que aún cree en unos ideales, sin caer en cuenta de que éstos están basados en la mentira y que no le servirán a nadie para redimirse de su gigantesca equivocación. Con esta confrontación, Venezuela se detuvo en el tiempo y cedió el paso a lo primitivo, sin percatarse de que lo socialista y lo capitalista no son más que etiquetas que, en sano juicio, podrían convivir sin ningún problema.
Ni el socialista es tan socialista, ni el capitalista lo es tanto tampoco, porque sencillamente ambas posturas son producto de un discurso maniqueo, muy conveniente para despertar la fiera interior que llevamos por dentro, en un desenfreno de pasiones que nos ha hecho postergar nuestras verdaderas prioridades. Y es que Chávez, en su extravío delirante, desengavetó el modus operandi de la violencia, con su rictus de líder fundamentalista, ignorando la tremenda bomba de tiempo social que se le avecina.
El régimen chavista apostó por la confrontación, como una fórmula que lo valida todo en nombre de una pretendida revolución. Esto es lo más perverso que se le puede aplicar a una sociedad. La confrontación es la semilla del fracaso, porque, tarde o temprano, la tendencia natural del ser humano hacia una organización social va perdiendo fuerza ante la anomia (Durkheim) y la descomposición de las instituciones, es decir, una crisis de normas que ha provocado la destrucción sistemática del Estado de Derecho y de la convivencia, como valores intrínsecos del ser humano.
Cuando sucumbimos de la forma tan estruendosa como lo estamos haciendo, vemos cómo, poco a poco, se van destruyendo los hilos que nos conectan con lo civilizado, con lo organizacional, aceptando las consecuencias de un sistema caótico, desprovisto de toda consideración con los ciudadanos y con el pensamiento plural.
El gobierno venezolano está integrado por unos traficantes de necesidades y birladores de sueños, a quienes no les importa ni la dignidad ni el respeto al ser humano, desnudando la moral sin misericordia y dejándola a la intemperie. Y mientras la moral no vuelva a ser vestida decentemente, no volverá a ser la misma. Es necesario ponerle un traje de diario, sencillo, para que el venezolano común, el de a pie, la vea a su imagen y semejanza, y sepa que no es inalcanzable. La moral es imprescindible para consolidar los valores de una nación entera, pero, lamentablemente, para Chávez esto dejó de ser tarea primordial, mientras se pasea, mareado de gloria, por las alfombras rojas de la realeza europea, que no es precisamente el rojo socialista.
En una dictadura jamás se verán negociaciones entre el oficialismo y el pensamiento disidente, porque éste le hace recordar a aquél el fracaso, los errores y la represión, y es la voz de las ideas que pululan en la psique de los ciudadanos en su lucha por la libertad y la recuperación de la democracia.
Analista Político
hugo.santaromita@gmail.com
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