CARACAS, jueves 17 de septiembre, 2009 | Actualizado hace
Pienso que ante las estadísticas de homicidios, secuestros y robos nos hemos preguntado: ¿Por qué tanto mal? ¿Es que no servimos para portarnos bien? ¿Es que el ambiente donde hemos crecido nos condiciona a actuar inevitablemente mal?
La respuesta es no. Existimos para portarnos bien. Y no hay ambiente, por dañado que esté, que nos obligue a ser sinvergüenzas. El ambiente influye, pero no nos quita la libertad.
Hay dos componentes principales del acto humano: El primero es la libertad. Sin ella no se nos puede imputar una acción.
El segundo es la responsabilidad. Nos pone en la tesitura de dar la cara por lo que hemos hecho. La conciencia nos recrimina el acto malo.
Nuestra mala conducta hace que, si no anestesiamos voluntariamente la conciencia, ésta se muerde a sí misma: es el re-mordimiento. Por eso el remordimiento produce una incomodidad espiritual. Una falta de paz, una inquietud.
El hábito malo va formando en nosotros como un callo que nos impide ver lo bueno. Si cerramos las ventanas de la casa viviremos a oscuras. No porque el sol no alumbre, sino porque le impedimos entrar. La acción mala neutraliza la buena hasta rechazarla como mala: el mal se disfraza de bien.
La tendencia a actuar bien es connatural al hombre. Pero todos nacemos, como dicen los psiquiatras, con un daño antropológico. Nos tienta lo malo, pero no se impone por la fuerza. Ese daño antropológico, o defecto de fábrica, hace que, si no tenemos hábitos buenos, se introduzcan poco a poco los malos. Es algo parecido al carro que pistonea y no lo arreglamos.
La libertad del que actúa mal no se pierde. Queda deformada, y la responsabilidad silenciada. Y vamos como el carro dañado, chocando con todo y con el riesgo de provocar daños mayores.
oswaldopulgar@cantv.net
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