El bien común hay que a veces alcanzarlo a fuerza de sufrimiento
Los tiempos actuales pueden inducir en algunos, un cierto estado de confusión. La época que nos ha tocado vivir, ha conocido las más terribles manifestaciones de la maldad, ejemplos lacerantes que han sido consecuencia de una desacertada y muy torpe elección moral. Y el estado de confusión al que hacemos referencia, deviene en actitudes a veces transaccionales que conmueven hasta los cimientos de la ética y los valores, entendidos en su dimensión universal, para no circunscribirlos a creencias o convicciones particulares.
Naturalmente y es preciso acla- rarlo, los aludidos cimientos no se vinculan a valores y principios cambiantes ni menos aún negociables: el código esencial de moralidad humana, fundido en los diez mandamientos, no está sujeto a revisión. Es el carácter absoluto de los principios morales, seamos o no creyentes.
Bien y mal
De lo anterior parte la dialéctica intrínseca a esa elección entre lo justo y lo injusto, entre lo que está bien y lo que está mal en este mundo que nos envuelve. Y son las convicciones éticas las que confieren fuerza en el obrar, normas y valores que vinculan incondicionalmente al hombre y no sólo cuando le convenga, como nos dice Carlo María Martini, para quien igualmente despunta en la experiencia moral humana, esa voz que nos llama, la "voz de la conciencia", que es inmanente a todos y de la cual no es posible evadirse.
Para Umberto Eco, hasta quien mata, roba o tiraniza, lo hace en momentos excepcionales, porque durante el resto de su vida mendiga de sus semejantes aprobación, amor, respeto y elogio. E incluso de quienes humilla pretende el reconocimiento del miedo y la sumisión.
Ética cimentada
Si comprendiéramos la fuerza que nos confiere la incondicionada observancia de una ética cimentada en principios y valores universales y asumiéramos la vida moral como lucha sin tregua en busca del bien, no hay duda que abatiríamos el mal que nos rodea y pretende imponerse como única verdad entre nosotros.
Igual derrotaríamos ese optimismo fingido que nos hace sentir conformistas con lo que ocurre, como si las cosas pudieran resolverse solas o si la tácita aceptación de la maldad que nos oprime pudiese erigirse en salvoconducto de una existencia condicionada a la tolerancia de antivalores.
En otras palabras, el bien común hay que a veces alcanzarlo a fuerza de sufrimiento. He allí el ejemplo de los mártires, de quienes entregaron la vida pero jamás cedieron en sus principios y convicciones morales.
vcbl@cantv.net
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