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Eduardo Mendoza Goiticoa, un rey sencillo

Se fue con su música favorita, su liqui liqui, y las yuntas que me prestó para viajar a Tailandia

JEAN PAUL COUPAL |  EL UNIVERSAL
domingo 13 de septiembre de 2009  12:00 AM

Eduardo Mendoza Goiticoa fue mi pastor y mentor desde que llegué soltero a Venezuela, hace 35 años. Su hija Antonieta, y su esposo Leopoldo López Gil, tienen en Sebucán una quinta. Recuerdo claramente que muchas veces Don Eduardo pasaba por mi casa en una carreta con caballos, junto a su hermano Eugenio Mendoza.

Esa Caracas no existe más. Pero me permite referir la simplicidad que siempre demostró Don Eduardo.

Con los años Nancy y yo tuvimos 3 hijos. Antonieta y Leo también trajeron al mundo 3 hijos. En esa época, muy al estilo americano, realizamos un Open House para conocer a nuestros ocho vecinos.

Después nos invitaron a su casa y recuerdo claramente ese almuerzo, donde conocí a Don Eduardo y a su esposa Hilda. Hicimos de esos encuentros una costumbre que se mantuvo en el tiempo. Todos alrededor de la cocina, Leo y yo encargados de los calderos; Don Eduardo, muy cerca, gozando.

Inmediatamente nos hicimos amigos. Entre Hilda, gran ceramista, y nosotros, coleccionistas de cerámicas contemporáneas, siempre hubo una sensación magnética. Cuando volvíamos de viaje, con piezas que comprábamos en el exterior, compartíamos los hallazgos con Hilda. Siempre venía con Don Eduardo. Sensibles los dos a las texturas y los acabados de las cerámicas. Ambos llenos de vida y cuentos.

Don Eduardo fue la persona que me hizo apreciar y entender con pasión a Venezuela. Siempre advirtió mi relación estrecha y sentida con el país. Ninguna persona fue más fundamental a la hora de enseñarme los secretos del pasto, de los árboles, de las iguanas o de los pájaros, cada vez que íbamos a Barlovento. Con él aprendí a respetar al caballo.

Con el tiempo compartí con su yerno Leopoldo López Gil la primera cría de cordero Pre Sale de Barlovento, durante mi época de Primi.

Cuando mi hija Yasmine fue aceptada en la Universidad de Stanford, sin egoísmo Don Eduardo se acercó y conversó dos horas con ella. Reconoció que su decisión era correcta, pero le recordó que no debía olvidar que era venezolana.

Tuve el honor de ser condecorado con la orden del Elefante Blanco por el Rey de Tailandia. En esa ocasión le pregunté a Don Eduardo que quién le hacia sus liqui liqui. Compartió conmigo su secreto y me mandé a hacer uno igual. Le pedí con absoluto respeto que me prestara sus yuntas. Me las cedió amablemente. Así me vestí cuando me recibió el Rey. El honor fue de ambos y para Venezuela. Cuando el Rey de Tailandia me pidió un informe sobre el pasto vetivert y su poder para controlar la erosión, fue Don Eduardo quien lo preparó con su entrañable sabiduría.

No sabía decir que no. Siempre con un chiste elegante en la boca, muy coqueto frente a una mujer bella, con un respeto propio de los caballeros de otros tiempos.

Fue el orgullo de toda su familia, en especial de sus hijos y nietos. Hombre sumamente importante en la formación de Leopoldo López, su nieto, y sin duda su mejor amigo. Leo cuidó de su abuelo y escuchó sus consejos e historias del país para mejorar su comprensión de Venezuela: qué caminos escoger en tiempos tan difíciles.

Hace 15 años invité a Don Eduardo a integrarse en las tertulias de Café Arábica. Necesitábamos que su generación nos ayudara en nuestras discusiones sobre Venezuela o cualquier otro tema que apareciera en las mañanas de los sábados y domingos. El jugó un papel fundamental en nuestro grupo. Le imprimía experiencia y una bonhomía muy especial.

En los últimos meses lo buscaba en su casa y luego lo llevaba de vuelta. A veces no se sentía bien, pero llegaba más tarde. Siempre con un chiste en los labios. Cuando observaba los huevos de gansos para los desayunos de los domingos, repetía ¡qué cosa!, ¿dónde conseguiste eso? En el mercado chino, le respondía.

Su pasión por todo lo sencillo, ya sean los caballos, el pasto de su hacienda, sus obreros más humildes, el agua, los árboles y pájaros, lo convertía en un ser muy especial. Cada vez que tomaba café en Arábica me decía que así era el café de antes, por eso estaba seguro que yo andaba por buen camino.

Para nosotros fue un venezolano ejemplar que nos ayudó a querer y amar más esta tierra. Fue un vecino de lujo, con Hilda, su esposa y su inspiración, sus hijas Antonieta e Hilda, sus flores, y la gozadera con todos sus nietos en los almuerzos que pasamos juntos. Se sentía orgulloso por el arte de su nieta Diana, la empresa de su nieta Adriana y la visión política de su nieto Leopoldo.

Lamento no haber estado en Venezuela para despedirlo. Lo más bello me lo contó Antonieta el lunes pasado: se fue con su música favorita, su liqui liqui, y las yuntas que me prestó para viajar a Tailandia. Se fue como un Rey humilde y con mucho amor alrededor. Me va a hacer mucha falta.

jp@primi.com.ve



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