El pueblo cubano, dentro y fuera de la isla, queda pasmado ante la deprimente visión
A Fidel Castro le ha pasado lo impensable. Toda una vida cultivando su imagen de duro e implacable. Ocho décadas cuidando aparecer como un adusto Clint Eastwood caribeño: un tipo recio a quien no se le agua el ojo ordenando paredones y genocidio.
Y ahora, en la escena final, recibe la bofetada que jamás pudo imaginar: descubrir a Raúl, su propio hermano y delfín, con setenta y ocho años a cuestas, cantando "Guantanamera" en Quito. Un espectáculo que Fidel, ni borracho, habría consentido jamás.
El pueblo cubano, tanto dentro como fuera de la isla, queda pasmado ante la deprimente visión. El universo presencia atónito a uno de los tenebrosos hermanos Castro haciendo coro a Gaby Ortega, Fofó Correa, y Miliki Zelaya -y todo coreografiado por un Don Francisco de corral.
De repente sobreviene una especie de nostalgia: Cuba -dentro de toda su miseria colectiva- lleva cincuenta años manteniendo un "paripé" de dignidad. Por destructivo, estéril y cruel que fuese el experimento revolucionario, hasta hoy supo conservar una solemne gravitas, encarnada por Fidel.
Ahora en Quito: la escena cumbre de "Los Productores". Resulta más devastador que la retirada de los cohetes. Pega más duro que la caída del muro. Es más grave que el "período especial" o la crisis de los Ochoa. El horror transformado en ridículo. Es Drácula en drag.
Viendo a Raúl cantar no hay cubano que no entienda que a la gerontocracia de los Castro les han manoseado el cuerpo. Y lo más deprimente es saber quién se lo hace.
Los Castro habrán sido unos monstruos, pero atrae cierta melancolía -así se les odie con toda el alma- verles reducidos a comparsas en semejante compañía.
Donde uno, joven, se codeaba cual Darth Vader con Kruschev, Mao, Tito, y Ho Chi Minh; el otro, decrépito, se torna en carnal Marcelo dentro de un circo bufo integrado por Zelaya, Correa, Ortega y compañía. Es como ver un Pavarotti, viejo, fané y descangayado, que para sobrevivir con propinas canta tangos en un burdel.
¡Pobre revolución! Tanto andar para llegar a eso.
Y Fidel, artífice de las alianzas del siglo XXI, con toda su experiencia parece haber olvidado el viejo refrán: "Quien que se acuesta con niños amanece embarrado".
El mundo entero va captando -y de primero los cubanos- que en el fondo Raúl no cantó la "Guantanamera". No: La canción que realmente entonó en Quito fue un auténtico y patético "Manisero". Lo sabe hasta la negra Celia allá en el cielo. Caballeros, se acabó lo que se daba; isla adentro resucita el choteo, y ese disco: se rayó.
aherreravaillant@yahoo.com
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