Luisa Ortega Díaz quiere el silencio de los habladores y opinantes
La afirmación de la Fiscal General - la "seguridad del Estado debe estar por encima de la libre expresión" - bien pueden suscribirla Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet Ugarte. Ninguno de los escribamos de estos dictadores, "gorilas" y cultores de la tesis sobre la Seguridad Nacional, pudo sintetizar mejor el catecismo fascista; ese que redacta Luisa Ortega Díaz a pedido de su jefe político, el soldado Hugo Chávez Frías, y que resume en su proyecto de ley de delitos mediáticos que presenta ante la Asamblea.
El fascismo sólo cree en el Estado, en el pensamiento único y el monopolio de la política. Para aquél no cuentan quienes son objeto de su "odio": en la Alemania nazi los judíos y aquí, en Venezuela, los opositores a Chávez: esos a quienes el melifluo petrolero Rafael Ramírez les profesa odio igual, dicho textualmente. Son sujetos, aquí sí, del Derecho revolucionario, pero sujetos pasivos para hacerlos víctimas de la violencia y del terror institucionales y extirparlos, tal y como lo ordena el propio Chávez, en 2004, en su documento sobre La Nueva Etapa.
El fascismo tiene vocación imperial como lo pretende la Revolución Bolivariana, mudada a conveniencia en socialista marxista. Cuenta con lacayos. Mussolini lo es de Hitler. Chávez de los Castro tanto como Ortega, Morales, Correa y el inefable Zelaya lo son del primero. Lo que es más importante, dentro de sus caracteres ideológicos, orgánicos y en cuanto a sus finalidades, reclama el fascismo de un aparato de propaganda fundado - lo recuerda el maestro Norberto Bobbio - en el control de la información y de los medios de comunicación de masas por el Estado.
¡Y es que sin propaganda, todavía más en el siglo corriente y para su reedición, estas antiguallas del siglo XIX y XX no tienen destino ni cabe su fenomenología contraria a la dignidad; la misma que alguna vez mal gráfica con su espíritu de sierva la otra señora, Jefa de Gobierno de Caracas: "El dedo de Chávez es el dedo del pueblo"!, a lo que agrega el aludido, "el Estado soy yo, la ley soy yo".
Basta leer las páginas de la ominosa década transcurrida por la libertad de expresión - el conflicto con los medios a propósito de la Constitución de 1999, las agresiones a los periodistas por el Presidente y sus alabarderos, el abuso de las cadenas presidenciales, la toma de los medios por los Círculos Bolivarianos instigada por el Teniente Diosdado Cabello, la sanción de la Ley de Telecomunicaciones que autoriza cerrar emisoras sin fórmula de juicio, el sucesivo dictado por el juez constitucional Cabrera de dos sentencias - la 1013 y la 2042 - restrictivas de la libertad de expresión, la aprobación de la Ley Mordaza para el control de los contenidos de la radio y la televisión, el cierre de RCTV, la criminal persecución de los accionistas de Globovisión, el desacato del Gobierno - con apoyo del Tribunal Supremo - de las medidas de protección otorgadas a la prensa por la Comisión y la Corte Interamericanas, en fin, la prepotente orden presidencial de cierre de 250 emisoras de radio - para concluir en lo elemental. La ley de delitos mediáticos cierra el círculo de la dictadura fascista. Nada menos.
De nada vale analizar tal adefesio a la luz de los principios del Estado de Derecho, por cuanto es la obra de una inteligencia que si acaso pasa por una Escuela de Leyes no pasa ésta por aquella. Huelga, además, todo comentario o intento de comparación de las normas del proyecto con los estándares de la libertad de expresión, así como los consagran la Convención Americana de Derechos Humanos y la Carta Democrática Interamericana. Todas a una se cargan la jurisprudencia interamericana que hace parte del bloque de nuestra constitucionalidad. No por azar dice el mofletudo Teniente Cabello que "la libertad de expresión no es sacrosanta"
Para la Fiscal cuenta únicamente el Estado, léase Hugo Chávez, del que funge como ordenanza el señalado ministro de Conatel y en una suerte de binomio no tan acabado como el que marida al soldado Hitler con su ministro de propaganda, Joseph Goebbels. ¡Y es que a diferencia de éste, Cabello carece de su elocuencia y de su brillantez oratoria y como estudioso de la filosofía, la literatura, la historia, el arte y las lenguas clásicas! Antes bien, a buen seguro, prefiere un final saudí y menos trágico que el del renco Joseph.
Luisa Ortega Díaz, en suma, quiere el silencio de los habladores y opinantes, para que no insistan en sus mentiras de mala fe. Para que dejen de creer que su Führer cohonesta la narcoguerrilla colombiana y le suministra armas, o le permite a los cárteles vecinos caminar a sus anchas por las calles y avenidas de nuestra patria, o que cada año, por lo dicho, mueren víctimas de homicidios 18.000 venezolanos.
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