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Retorno al guayuco

Las bravuconadas "indigenistas" se esfuman frente el curso incontenible del progreso

ANTONIO A. HERRERA-VAILLANT |  EL UNIVERSAL
jueves 30 de julio de 2009  12:00 AM

Hace 33 años en su libro "Del buen salvaje al buen revolucionario", Carlos Rangel demolió ciertos mitos latinoamericanos, como la glorificación del indigenismo y las "bondades" revolucionarias.

Hoy resucita en Latinoamérica un supuesto culto "indigenista" y "revolucionario" que -a contrapelo de la tendencia planetaria- busca imponer una especie de guayuco mental a grandes mayorías que miran el futuro buscando civilización y progreso.

Los primitivos caribes y otros indígenas del Norte de Sudamérica se recuerdan exclusivamente por su brutal crueldad y nomadismo depredador. Tenían un grito de guerra con intolerantes ribetes racistas, dignos del III Reich:

"¡Ana karina rote, aunicon paparoto mantoro itoto manto!" En castellano: "¡Solo nosotros somos gente, aquí no hay cobardes ni nadie se rinde y esta tierra es nuestra!".

A la larga aquellos pretenciosos alaridos fueron tan huecos como algunas fanfarronadas presidenciales de hoy. Salvo casos muy aislados, los caribes rápidamente se integraron al mestizaje, la civilización, y las aspiraciones de modernidad.

En 1912, cuando apenas quedaban puñados de indígenas puros en la selva, el general Martín Matos Arvelo, prefecto de Juan Vicente Gómez en Maroa, escribió que los ritos de iniciación de los Wakuenai y Baniwa del río Negro decían: "Los hombres blancos son ladrones que compran nuestras cosas baratas y nos venden sus mercancías caras. Por eso ellos son ricos y nosotros somos pobres. Sabed que los blancos son tus enemigos. Oculta tu odio porque es fuerte, y trata a los blancos con desconfianza porque son nuestros enemigos".

Poco tienen en común aquellos aislados reductos de curiosidad antropológica, que traducen sus fracasos en revulsión e hipocresía ante lo occidental, con naciones de todas las razas que masivamente aspiran a mejorar la vida propia y la de sus descendientes.

De pronto, cual mutación salida de las entrañas de la selva, la racista expresión "Ana karina rote" renace en diciembre de 1999 como primera exclamación de victoria de un presidente electo en Venezuela. Cual un HIV, el concepto se propaga luego a varios países -al costo de billones de dólares- cual respuesta rápida a muchas frustraciones.

Pero la historia demuestra que -así como el uso del guayuco- las bravuconadas "indigenistas" se esfuman frente el curso incontenible del progreso. El contenido intelectual, altura de miras y profundidad filosófica de todo el costoso exabrupto quedará resumida para la posteridad en dos sencillas sílabas del selvático King Kong: "¡Uh! ¡Ah!".

aherreravaillant@yahoo.com

 



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