CARACAS, domingo 05 de julio, 2009 | Actualizado hace
El panorama internacional presenta en estos días nuevos episodios de inestabilidad en países con gobiernos populistas de retórica socialista. El fraude masivo en Irán contra el candidato de oposición al esotérico Ahmanidejah es la prueba más grande que ha sufrido la revolución islámica en sus treinta años. La oposición tiene su base sociológica en la clase media urbana, mucho más sofisticada que los ayatollah nucleares, clase media que desea integrarse plenamente a la cultura cosmopolita que comparte. Frente a ella, la población rural y los más pobres de las ciudades, conquistados a realazos por el Presidente populista, pero también descontentos por la merma de los pagos y la corrupción galopante.
En Honduras, el temor a convertirse en otra colonia del imperio venezolano ha calado también en la clase media, que lamentablemente se expresó en un golpe de Estado condenable, pero sobre todo innecesario y riesgoso, por los efectos de martirización de Zelaya y de prolongación de su mandato. No es el momento de analizar el doble estándar de los organismos internacionales, (Micheletti es malo y Fidel y Raúl buenos, por ejemplo), sino que se trata de otro evento de lucha social como base de la política.
Lucha de clases, si se la quiere llamar así. Pero con un ingrediente que Marx y Lenin jamás hubieran soñado: los proletarios en minoría. Porque lo que está en la base de todos estos fenómenos, de los recientes resultados electorales en Venezuela, en el Líbano, en la India, en Europa, es decir, el giro hacia posiciones distanciadas de los partidos de izquierda y hacia el centro, pues, es el reflejo de la espectacular mejoría de las condiciones sociales de los más pobres en muchas partes del mundo y de una cultura popular, esa sí universal, que coloca la prosperidad en el propio esfuerzo y no en el Estado. En otras palabras, presenciamos la demostración en la realidad de que las revoluciones comunistas no ganan elecciones, por la sencilla razón que hasta sus éxitos en lo económico se vuelven contra ellas. Una vez probada la superación, ya el límite sólo se acepta libremente.
Presenciamos la rebelión de los ricos. Pues para ser rico en un mundo escandalosamente pobre hasta hace pocas décadas sólo hay que superar la barrera de los tres dólares diarios, mínimo comienzo pero suficiente para rechazar con ímpetu esa ingeniería social a lo Mao que roba el fruto del esfuerzo.
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