CARACAS, domingo 05 de julio, 2009 | Actualizado hace
Este artículo se dividirá en dos partes: la primera, escrita cuando se están produciendo los acontecimientos en Honduras, contiene una declaración de principios; la segunda, que tratará de alargar el plazo de entrega al taller, buscará ver cómo se corresponden, enfrentándose o integrándose esos principios con la realidad.
Cuando en 1992, se alzaron contra la Constitución unos militares felones, mi actitud fue de repudio inmediato al madrugonazo. Eso asombró a mucha gente que leía mis feroces ataques diarios contra Carlos Andrés Pérez. Precisé entonces que jamás he creído que el enemigo de mi enemigo sea mi amigo. Sobre todo si aquel usa cachucha, porque el peor de los gobiernos civiles es mejor que el mejor de los gobiernos militares: aquel "se quita", éste no. Esta frase corrió con suerte, repetida por mí y por otros.
El enemigo de mi enemigo
Después del 2002, se comenzó a decir, entre ciertos opositores perezosos, que "esto lo resolverían los militares" (casualmente, eran por lo general los mismos que hasta 1998, repetían a diario que "aquí lo que hace falta es una cachucha"). Insurgí contra eso con una frase que también se hizo bastante popular: "Uno no sale de una pesadilla cambiando un monstruo por otro, el yeti por el 'abominable hombre de las nieves'. La única manera de salir de una pesadilla es despertarse". Esta fue, esta sigue siendo, mi posición aquí y en Malawi, en Santiago de Chile y en Borneo, en Montevideo y en Tel-Aviv, en Damasco y en Tegucijalpa. Y bien, ya lo dije: en Tegucigalpa.
Es pues mi deber intelectual, político y moral condenar inequívocamente la salida militar a la crisis hondureña. Recuerdo que, cuando, el cuatro de febrero de 1992 manifesté mi apoyo sin reticencias al gobierno constitucional del presidente Pérez, agregué una frase asombrosa en boca de un descreído como yo: "Sólo Dios sabe cuánto me ha costado escribir esta frase".
De tripas corazón
Sin hacer comparación alguna, pues sería disparatado hacerla entre un adversario político como lo era para mí Carlos Andrés Pérez, de quien esperaba salir en las siguientes elecciones; y un pillo de siete suelas como el presidente Zelaya de Honduras, cuyo cambio de casaca desde su derechismo cuatronarices hacia el "socialismo del siglo XXI" se debió al descubrimiento de que éste proponía como en Venezuela la presidencia vitalicia. Sin comparar pues, repito, yo creo que ni Dios sabe cuánta tripa he tenido que volver corazón para reafirmar mi posición de principios en este caso concreto. Porque es evidente que Honduras estará mejor, Centroamérica estará mejor, el continente estará mejor sin Manuel Zelaya en el poder en Tegucigalpa. La derrota de las aspiraciones continuistas de Zelaya era algo que la opinión pública y a su vera el electorado hondureño estaban a punto de lograr. En eso confluían, en una rara unanimidad, el Partido Liberal (el mismo de Zelaya); los poderes Legislativo y Judicial; los partidos de oposición; la prensa de todas las tendencias; las Fuerzas Armadas. "¡Y Domingo siete!"
No había casi nadie que se creyese el cuento de que un ultraconservador como Zelaya hubiese encontrado su Camino de Damasco gracias al carisma y sobre todo al arrojo personal de nuestro Héroe del Museo Militar. Lo que Zelaya buscaba, violentando toda disposición legal, era la convocatoria de una Asamblea Constituyente para borrar de la Carta Magna el artículo que prohíbe la reelección inmediata: como aquí, una "reelectuyente". La intervención militar en este caso lo que ha hecho es complicar torpemente las cosas, adelantándose sin ninguna justificación al veredicto del pueblo hondureño; y dándole a Zelaya una magnífica coartada para sus fechorías, pues ahora pretende vestir, el muy desvergonzado, las ropas de Salvador Allende. La intervención del ejército ha jugado el papel de aquel intruso del cuento infantil que creyendo completar un verso que coreaban unas brujitas fiesteras: "Lunes, martes y miércoles tres/jueves, viernes y sábado seis", gritó en pleno aquelarre: "Y domingo siete", ganándose la rabiosa indignación de las alegres hechiceras que lo molieron a palos.
La ocasión de su vida
A nadie extrañaría que el intruso del cuento se apellidase Carmona Estanga, como quien secuestró un avasallante movimiento popular y le dio al llorón orchilero la ocasión de su vida, la cual aprovechó el victimario de Puente Llaguno para posar de víctima, de inocente Caperucita Roja.
En todo este suceso, hay una palabra que casi no se ha escuchado: "intervención". La extrema prudencia del presidente Obama, y su condena inequívoca del remate militar ha descolocado a nuestro parlanchín mandamás; lo ha dejado colgando de la brocha al sacarle de abajo la tradicional escalera "antiimperialista".
Por el contrario, toda esta crisis parece estar dando razón a la queja de Hamlet en su monólogo: "el mundo está vuelto al revés". Mientras que "el ogro del Norte" se comporta con tanta prudencia, en nuestro Sur, un incontinente hablador, haciendo gala de su habitual fanfarronería, juró que a cualquier sucesor de Zelaya, "¡lo derrocaremos!", presentándose en un entierro donde no tiene ni vela.
En el Diccionario de la Real Academia Española se designa a gente así con la palabra "metomentodo". Yo prefiero una voz que trae el Diccionario de Venezolanismos: "lambucio". Y hablando de gustos, me quedo con Cristina Kirchner, quien no teme ir a Honduras; demostrando que sí tiene lo que al Héroe del Museo Militar le falta.
hemeze@cantv.net
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