CARACAS, viernes 03 de julio, 2009 | Actualizado hace
La explicación que suele darse a los conflictos sociales, como consecuencia de antagonismos entre miembros de distintos estratos, ha sido siempre controversial. El surgimiento de nuevas clases como respuesta a una realidad socio-económica derivada de la revolución industrial, no necesariamente entraña conflictividad entre quienes buscan ascender en el escalafón -como dice Von Stein- y quienes ostentan mayor jerarquía social. No hay duda que los individuos quieren acceder al poder político para favorecer sus intereses de clase ó, en el caso de sociedades dinámicas, crear las condiciones mínimas que permitirían alcanzar un mayor nivel socio-cultural y económico. Pero de allí a sostener la inexorabilidad de la lucha de clases como motor de la historia, tanto como la inevitabilidad de una repartición desigual del capital en la moderna sociedad capitalista, hay un trecho que en nuestro tiempo no debemos transitar sin salvedad. Y ello porque el conflicto y sus derivados de violencia e intolerancia, no pueden ser la única alternativa cuando se quiera dar forma, viabilidad, coherencia, equidad en la distribución de cargas y beneficios a una sociedad integrada en niveles diversos de cultura académica, habilidad manual o simple poder adquisitivo.
La primavera de los pueblos de 1848, pese a su breve duración revolucionaria, no hay duda que tuvo repercusiones posteriores tanto en países avanzados, como en aquellos de menor desarrollo económico. En nuestras guerras de la federación -nos deja escrito Picón-Salas- conocimos una instintiva lucha de clases, en cuyo trágico desconcierto comenzó el retroceso venezolano. He allí las mejores evidencias no sólo del mito marxista de clases antagónicas, sino de la inutilidad de la violencia, cuando menos en la hora actual de la humanidad, para promover cambios trascendentes en la vida de los pueblos. Ninguna clase social encierra todas las virtudes y soporta todas las injusticias, como tampoco hay alguna que arrastre todos los vicios y promueva todos los desafueros. Y la violencia es igualmente inadmisible cuando se trate de sostener privilegios plutocráticos que terminan por oprimir a los menos favorecidos. Tanto como aquella opresión que en nuestra Latinoamérica se origina en el afán de poder y de predominio de unos cuantos empíricos que se hacen llamar revolucionarios. Aquellos que de un tiempo para acá no hacen más que ejemplarizar la ignorancia y la mediocridad.
vcbl@cantv.net
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