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¿Cuándo llamaremos las cosas por su nombre?
EMILIO J. URBINA MENDOZA |  EL UNIVERSAL
martes 23 de junio de 2009  04:34 PM

Muchas veces se oye en la calle o en las conversaciones más íntimas, la consabida pregunta: ¿Hasta cuándo? Como quejido arrancado desde el más profundo de los avernos, buena parte de los venezolanos espera la resolución del actual estado de las cosas. Se busca mejor calidad de vida. Se añora la tranquilidad ciudadana de otros tiempos. Se intenta desesperadamente superar las artificiales y asesinas categorías de "cuarta y quinta república", cuyo único rédito ha sido colocar obstáculos para soñar y elucidar una Venezuela unitaria ajena del actual rompecabezas. Se alude al consenso y al sentido democrático de un pueblo que hace mucho dejó de confiar en la democracia como sistema político capaz de articular las respuestas tan frenéticamente arrancadas al cielo. En fin, hoy es casi imposible encontrar algún venezolano que no aspire mejorar lo que se ha vivido desde 1999, inclusive, los más radicales rojos rojitos que ahora viven las pesadillas de la división, el revanchismo y toda suerte de discriminaciones dentro de su revolución.

Una de las más acuciantes imputaciones que nos formula el sector profesional más calificado, es la falta de capacidad de la sociedad venezolana para aceptar la realidad misma. Ante un problema, es preferible apelar a los calificativos altisonantes, al blasón de indignación y a las partituras de la queja. Como sociedad nos ha costado librarnos de esos imaginarios premodernos que anunciaban la solución a todos nuestros problemas si la devoción era fuerte, ya que algún ente maravilloso o paranormal sería capaz de abrirnos las puertas para entrar al Cielo en la Tierra. Ejemplos gráficos se observan a diario. Entre los más resaltantes encontramos la suerte misma de la seguridad social, minada desde sus inicios en 1998, por una hipocresía mortal. Es preferible redactar sendos textos legislativos, discutirlos, lanzarlos a la prensa, aprobarlos para finalmente extender las vigencias hasta que el "Ejecutivo Nacional" lo determine. Mientras, seguimos cargando con una asistencia médica tan mediocre, que hasta los más retrógrados jerarcas actuales prefieren tomar la determinación de cerrar los centros asistenciales de salud que buscar recursos y atacar los problemas de raíz. Eso es sencillamente no decir las cosas por su nombre. Y si ejemplos revisamos en la Venezuela bolivariana, la cotidianidad es tan fértil, que requeriríamos de años de observación y unas toneladas de papel para plasmarla.

Siempre hemos atribuido esta patología del "hacerse el loco", a la poca capacidad de liderazgo que de un tiempo para acá ha arrastrado el país. En la Venezuela saudita como nuestra capacidad económica era avasallante, no podíamos dedicarle la atención debida a esa cotidianidad de la que formamos parte porque no era importante. Ya en el país del viernes negro, era porque nuestra tragedia fue tan intensa, que preferimos echarnos a morir como pobres hijos de Bolívar abandonados a su suerte. En la actualidad, cuando se han recuperado los ingresos petroleros, el problema ya no es del Presidente o esa rica fauna funcionarial. Si ocurre una tragedia, es culpa de otro. Si dejan de funcionar los servicios más elementales, es debido al sindicalismo adeco o el imperialismo yanqui y sus secuelas. Así, el éxito de la erosión venezolana está garantizado, y por tanto, las cosas dejan de tener nombre para contener excusas banales. Qui habet aures audiendi audiat.

Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello
e-mail: eurbina2000@hotmail.com



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