Cualquier observador tendrá que vérselas con los desplantes de gobiernos totalitarios
Un régimen político que condiciona la libertad,
donde el Estado ejerce dominio con mínimas restricciones,
aquel que pretende ser dirigido por un partido político
que tiende a confundirse con las instituciones públicas
y que exalta la figura humana de algún aspirante a ejercer
poder ilimitado y proyectado a todos los ámbitos de la
vida en sociedad, no hay duda que se acerca a los modelos
totalitarios que otrora y sin éxito quisieron fabricar
un hombre nuevo, desprovisto de toda noción de derechos
individuales y por tanto convertido en figura anónima
de las masas en que quisieron desvirtuar las clases sociales.
Y también sucumbieron a excesos nacionalistas que incitaron
la búsqueda del dominio global, como mecanismo defensivo
o de afianzamiento del modelo.
Violencias revolucionarias
El mito de la extrema izquierda, en términos de Raymond
Aron, resultaba entonces tan poético como seductor, en
la medida que inducía esa ilusión de armonía
sucedánea de las violencias revolucionarias, transitorias
en su esencia, indispensables, aún sublimes para los
ideólogos y conductores del proceso de cambios. Así
pues, el determinismo histórico aunado al mito revolucionario,
llevaría inexorablemente al totalitarismo, al partido
único y monopolio del Estado sobre los medios de persuasión
y de coacción, al control de la economía en todas
sus manifestaciones posibles y a la politización de toda
actividad productiva, profesional, incluso intelectual.
Y no es que la derecha sea inmune a la tendencia totalitaria,
antes bien, igual cae bajo las tentaciones del monopolio ideológico
y del partido dominante que quiere hacerse dueño de la
verdad absoluta.
Democracia formal
Cualquier observador imparcial de la actual realidad sociopolítica
latinoamericana, tendrá que vérselas con los desplantes
de gobiernos aprendidos a desenvolverse en la democracia puramente
formal, pero que en su esencia desdoblan los rasgos más
punzantes del totalitarismo de antaño; y, al mismo tiempo,
observará el avance de gobiernos mejor reputados y más
exitosos, que mantienen el rumbo hacia una democracia esencial,
donde el derecho natural y la dignidad de la persona humana,
no podrían ser derogados por el derecho positivo que
otorga el Estado bajo una visión sesgada y excluyente
de la disidencia. Es decir, gobiernos que como nos dice el
citado Aron, mantienen el corazón mismo de la aventura
humana: la libertad de investigación, de controversia
y de crítica, así como el voto libremente ejercido.
vcbl@cantv.net
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