¿Para qué votar, si el Gobierno desprecia olímpicamente los escrutinios?
Una primera apreciación sobre lo que pudiera valer el
sufragio en la Venezuela de nuestros días conduciría
a un estruendoso escepticismo. Sólo con considerar el
desprecio de la voluntad popular en el caso de la Alcaldía
Metropolitana de Caracas, pero también el asalto de bienes
y atribuciones de las gobernaciones de Miranda y Carabobo,
así como el acoso grosero de la gestión del nuevo
gobernador del Táchira, electos por una mayoría
digna de atención y condenados por el mandón a ser
borrados del mapa porque no responden a sus planes de hegemonía,
remitiría a una situación de desprecio de los electores
capaz de sugerir la obligación de olvidarse de concurrir
a los llamados a los cuales deben convocarnos en el futuro.
¿Para qué votar, si el Gobierno desprecia olímpicamente
los escrutinios? ¿Conviene ilusionarse otra vez con el
llamado de los candidatos de la oposición y hacer fila
como unos idiotas ante las mesas, para que el Gobierno, después
de ignorar los resultados, los reemplace a través de
subterfugios cobijados en disposiciones sin legitimidad? Si
se agregan al oscuro panorama las sospechas fundadas sobre
manipulaciones del registro electoral, los gastos desenfrenados
del régimen para promover a sus ungidos y para apabullar
las nominaciones de la colectividad que se le opone, todo
con la vergonzosa complicidad del CNE, los consejos de la
dignidad nos llevarían a enclaustrarnos en nuestros domicilios
mientras votan los rojos-rojitos.
Pero la situación no es tan simple. El voto forma parte
de la conciencia cívica desde cuando demostró su
utilidad durante el trienio adeco, o cuando le dio una gloriosa
bofetada a Pérez Jiménez en 1952 para obligarlo
a convertirse en un dictador sin careta; o en nuestros días,
durante la estelar jornada del 2D, capaz de conmover a la
mandonería hasta el punto de llevarla a los desatinos
que hoy entorpecen su camino hacia una autocracia redonda,
en la medida en que la exhiben como la negación de un
principio fundamental de la democracia al cual se han apegado
los venezolanos desde los tiempos agónicos del posgomecismo.
Aparte de las referencias aludidas al principio, un solo ejemplo
pudiera bastar para el cálculo de lo que vale el voto,
debido a cómo pone en evidencia al chavismo y lo obliga
a repensar su carrera de dominación. En las pasadas elecciones
regionales los electores repudiaron en términos sonoros
a tres figuras estelares del régimen: Diosdado Cabello,
Jesse Chacón y Aristóbulo Istúriz. No van más,
se les dijo, hasta aquí llegaron, salen del juego porque
no los queremos ver ni en pintura. Pero allí están,
siguen campantes como si nada hubiera pasado, de nuevo en
la cúspide, no sólo gobernando a sus anchas sino
también tratando de ponerle zancadillas a las decisiones
del pueblo. ¿Qué sucede con esos proverbiales predicamentos?
Son demasiado elocuentes, demasiado burdos, brutales en su
obscenidad, hasta el punto de que el Gobierno no encuentre
cómo ocultarlos frente a la ciudadanía, o busque
la manera de evitar desafíos tan riesgosos para su reputación.
De allí que, luego de calcular el arraigo del voto en
la sensibilidad de los venezolanos, después de considerarlo
como una incomodidad que no puede superar del todo sin caer
en un abismo de completo descrédito, esté buscando
el mandón, con el solícito auxilio de la Asamblea
Nacional, la manera de colocarlo a plenitud a su servicio
a través de mecanismos que parezcan legales mediante
ardides que lo relacionen con la normalidad democrática,
con fórmulas capaces de disimular en los actos electorales
del futuro un designio dictatorial de vocación vitalicia.
El mandón quiere que el voto valga según los dígitos
de su inventario personal, pero que su cálculo cuente
con el previo aval de los legisladores. Así, cometidas
otra vez las tropelías, no será tan burdo el remiendo
del capote. Quiere que los diputados, desde ahora, sin prisas
innecesarias, tomen dedal y aguja para la confección
de una especie de zurcido invisible que le evite comparaciones
con un tipo tan deplorable como Pérez Jiménez o,
mucho peor, con las maneras electorales de Cuba con cuyas
restricciones no congenian los usos políticos de Venezuela.
Tal es el propósito del Reglamento Electoral que vienen
trajinando los "representantes del pueblo" para cercenar derechos
esenciales como la representación proporcional de las
minorías y como la obligación del mantenimiento
de prerrogativas y oportunidades iguales para cada uno de
los sujetos postulados a cargos públicos, y para quienes
los postulan. En el centro del trajín se encuentra el
asunto medular de la trascendencia del voto popular y de la
necesidad de mantenerlo, aunque sea como coartada. Los decepcionados
electores de la oposición no deben subestimar este punto,
cuyo tratamiento, tal y como lo maneja el Gobierno, demuestra
la calidad del arma letal que tienen en la mano.
eliaspinoitu@hotmail.com
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