Llevamos exactamente dos décadas desde que comenzamos a escribir en la prensa. Tiempo más que suficiente para iniciar la confección de los llamados "inventarios vitales", esos que tanto preocupaban a Ángel Ganivet, sobre los cuales, o se rehúye o se abrazan como Santo Grial para avalar cualquier acción u omisión. Desde entonces, se ha venido abordando las connotaciones que sobre la palabra "crisis", cincelan el nominativo venezolano desde 1989. En ese tiempo los giros lingüísticos del discurso público tratando de elucidar la palabra, iban enfilados hacia la pérdida de aquellas condiciones que lograron construir la Venezuela moderna, la misma que logró arañar las complejas redes de la prosperidad e hizo alucinar a dos generaciones que tocaban lo imposible. Hoy, el vocablo persiste, pero, ha sido emboscado por otras connotaciones aniquiladoras de la cordura.
Dos notas identifican nuestro país en los tiempos de revolución bolivariana. Primera, la fragilidad. Venezuela, sus instituciones -públicas y privadas-, sus imaginarios, sus fuentes de financiamiento, en fin, aquello que representa nuestro todo; se haya circunscrito a la contingencia, a los siniestros del día a día y las peculiaridades que motorizan más los estados de ánimo que las voluntades trascendentales. Este fraccionamiento nos secciona como ciudadanos y como Estado, haciéndonos frágiles ante aquello que va más allá del horizonte inmediato. Curiosamente, no es la fragmentación moderna, esa que explicitan los sociólogos industriales émulos de Weber. Es la fragmentación que imposibilita volver a soñar en el todo, pensar en sistema y vincularnos complementariamente para relacionar las ideas de una matriz que debía llamarse Venezuela. Es la descomposición que nos borra la nitidez entre aquello que es razonable y lo que no lo es, gráficamente expresado en la novela "La Sinrazón" de Rosa Chacel, que nos marcaría en nuestros sueños juveniles durante nuestra vida en Bilbao.
La segunda nota que traza el perfil de la crisis local, se ubica en la adicción al paralelismo para solucionar los problemas que ocasiona una visión particularizada de las cosas. Si el Gobierno no encuentra las fórmulas para materializar los objetivos trazados, las metas de los "grandes planes", e inclusive, la progresiva ideologización hacia la mendacidad del socialismo del siglo XXI; recurre al Estado paralelo, a la gestión paralela para así tratar de hacer algo. Si no logra el régimen controlar por vía electoral una circunscripción, estila fraguar una autoridad paralela, para así debilitarse tanto al propio Estado como al adversario. Caso emblemático de esta patología ha resultado la reciente aprobación de la "jefa" nueva del Distrito Capital, al margen de la arquitectura que la Constitución de 1999 trazó para las peculiaridades del gobierno geográfico donde se asienta el Poder Central. El para-Estado, el para-Partido, el para-Presupuesto, son muestras del grado corrosivo de nuestra crisis. A la larga, lo paralelo termina por instalarse como cultura, desdibujando la palabra "locura" o el sabor que posee la "sorpresa". Ambos vocablos dejan de ser referentes, salvo, para criminalizar a quienes no comulguen con lo paralelo. En fin, es vivir contra la verdad, como alguna vez meditaba Xavier Zubiri, ante el desgarre de su patria ensangrentada por cíclopes. Qui habet aures audiendi audiat.
*Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello
eurbina2000@hotmail.com
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