El periodismo crítico se vuelve "subversivo" en tiempos de crisis y hay que acallarlo
Casi nunca, por no decir que nunca, los medios de comunicación
han estado excluidos de las escaladas chavistas en contra
de sus adversarios. Siempre que el jefe máximo siente
favorable la coyuntura, despliega su artillería pesada
en procura de conquistar nuevas posiciones en su avance hacia
la "victoria final" y uno de los blancos infaltables, aunque
de lo más escurridizos, son los canallas mediáticos.
Las ofensivas, encuadradas dentro de un plan estratégico
global, forman parte de una concepción hegemónica
de las relaciones de poder, donde los medios juegan un papel
fundamental y tan resistente que luego de diez años,
con el campo de batalla regado de cadáveres (partidos,
sindicatos, gremios, poderes públicos, grupos de presión),
allí todavía ondea, aunque algo chamuscada, la bandera
de las libertades mediáticas.
Al principio, cuando todavía abrigaba en su talante
una cierta ingenuidad de principiante en el ejercicio de las
artes del poder, Chávez supuso que el recado estaba hecho
porque su sola presencia y mensaje concitaron un apoyo casi
unánime de los medios que, al fin y al cabo, era reflejo
de su arrolladora popularidad. De manera que en aquella luna
de miel, que él llegó a suponer permanente, no resultaba
necesario aplicar la doctrina Izarra, según él inspirada
por Gramsci, de la "hegemonía comunicacional", porque
tal hegemonía era, para entonces, una realidad. Una realidad,
además, con los apellidos de democrática y popular.
Pero los medios cambiaron, algunos quizás más rápidamente
que la misma opinión pública, otros a la velocidad
con que parte de ésta comenzó a sentir todos esos
sentimientos negativos de frustración, desengaño
y de ofendida sorpresa al descubrir que el paquete traía
la mercancía adulterada. Todo gracias a la la línea
informativa tradicional de transmitir la realidad, en este
caso, cada vez más divorciada del discurso oficial
Vino entonces la primera arremetida, luego la segunda, la
tercera y la cuarta. Cada una en gradaciones sucesivas, desde
lo fascista brutal de los primeros tiempos (con el ataque
de hordas a las sedes de televisoras, radios y periódicos),
hasta metodologías más refinadas como el uso de
los poderes (Judicial, Legislativo), el manejo perverso de
la pauta publicitaria, la amenaza de cierre para dominar voluntades
y la creación de medios cautivos en búsqueda de
la "hegemonía comunicacional".
Lo logró a medias, chantajeando a muchos (algunos que
tenían mucho que perder), cerrando a otros (que también
tenían mucho que perder), comprando terceros y desarrollando
una masiva política comunicacional, que si bien resultó
hegemónica en el número de medios oficialistas (incluyendo
emisoras de las FARC en la frontera), abrumadoramente superior
a los que permanecieron firmes, resultaba ridículamente
escuálida a la hora de medir sus niveles de sintonía.
El proyecto de Izarrita de la hegemonía comunicacional
del siglo XXI, a la venezolana, resultaba todo un fracaso,
pero Chávez podía compensar con la ocupación
de los medios a través de las cadenas presidenciales
y así contrarrestar, con su verdad, la pregonada por
los medios, que pugnaban por mostrar la suya.
Pero llegó la crisis, el país hace agua por todos
lados, ni 24 por 24 horas de cadenas pueden convencer a la
gente de que vivimos en el país de las maravillas que
cada día nos reinventan con nuevas promesas nunca cumplidas
y a la falta del gran bálsamo lubricante de las tensiones
(la billetera), el deterioro progresivo de los niveles de
apoyo y popularidad y la crisis social que todo eso conlleva,
ha desatado esta nueva ofensiva general, en la cual los medios
son objetivo central.
Mientras sea posible divulgar el golpe de Estado contra gobernadores
y alcaldes de oposición, la persecución implacable
contra los adversarios políticos, los horrores de la
sentencia contra los comisarios, los crecientes índices
de criminalidad, así como el incremento progresivo de
la represión y esta nueva intentona de avance totalitario,
en esa misma medida será más intensa y sistemática
la ofensiva contra los medios y también más firme
la conciencia de los millones que se oponen al régimen.
Todavía tiene razón el profesor Antonio Pasquali,
quien hasta hace poco menos de un año afirmaba que "&allí
donde un gobierno y su oposición puedan demostrar que
la libertad de expresión abunda o escasea, reina una
malsana ambigüedad". Y es cierto, aún en esa suerte
de tierra de nadie donde nos movemos peligrosamente (de 1999
hasta hoy la Comisión Nacional de Periodistas contabiliza
1.200 agresiones contra periodistas), resulta posible mantener
el desenmascaramiento permanente del gobierno que le impide
crear su falsa realidad, tipo esquizofrenia social cubano-soviética.
La experiencia de RCTV les dejó una enseñanza amarga
y les hizo pagar un costo político del cual todavía
no se recuperan porque el frenazo del 2D fue una de sus consecuencias.
En realidad están viviendo el peor de los dilemas: si
permiten que subsistan medios críticos se van a hundir
en la realidad. Pero si se atreven a cerrar alguno, será
la realidad la que los hunda a ellos.
rgiusti@eluniversal.com
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