La mayor parte del mundo se ha movido rápido buscando proteger a los países más afectados
Aunque la crisis mundial es la mayor desde la Gran Depresión,
sus efectos sobre la economía venezolana no superan a
los de las políticas del gobierno. Es decir, aquí
la capacidad destructiva de nuestro conjunto de leyes y políticas
supera con creces a la de la propia crisis mundial. El problema,
claro está, es que ambas cosas nos están ocurriendo
al mismo tiempo. Mientras todos tratan de amortiguar el daño,
nosotros instalamos un amplificador. En todo el planeta la
ausencia de liquidez sigue causando estragos. La caída
en el valor de los activos ha traído consigo una reducción
en la disposición a asumir riesgos. Todos han corrido
a refugiarse en el oro y en el dólar. Esto no deja de
representar una paradoja: Aún cuando la crisis se originó
en los países desarrollados, su primera consecuencia
ha sido una masiva salida de capitales de mercados emergentes.
Además, muchos commodities venían siendo
utilizados como instrumento de inversión, por lo que
ahora sus precios también se han venido abajo. A la crisis
de capital se le montó encima una de cuenta corriente.
A diferencia de otras crisis, esta vez los más afectados
no son tanto los bonos soberanos sino más bien los privados;
grandes corporaciones que, ante la imposibilidad de refinanciar,
se han visto obligados a amortizar deuda de forma anticipada.
La mayor parte del mundo se ha movido rápido buscando
proteger a los países más afectados. La reserva
federal de Estados Unidos puso a la disposición de México,
Brasil, Corea del Sur y Singapur 30.000 millones de dólares
(para cada uno) a cambio de moneda local (swaps). El
Banco Central Europeo abrió líneas de crédito
a Hungría y Polonia por 5.000 y 10.000 millones de dólares.
Algo similar ha hecho el FMI con sus programas de derechos
especiales de giro, stand-by y facilidades extendidas
de fondos. El organismo se ha reinventado a sí mismo,
acudiendo al rescate de aquellas naciones con un marco de
política mínimamente coherente, sin recurrir a la
condicionalidad obligada de otra época. La prioridad
de todos es proteger al sector privado y sus empleos.
Venezuela no aparece en ninguno de esos programas. Nuestros
representantes no cuentan con las herramientas técnicas,
desconocen inclusive el vocabulario mínimo requerido.
Tampoco es que haga mucha falta; no porque no necesitemos
el auxilio, sino porque no hay nadie dispuesto a tirarnos
una soga. Al menos no de gratis. Tendremos que recurrir a
otros métodos. Uno de ellos es poner petróleo sobre
la mesa. Otras alternativas se presentaron durante la cumbre
Chávez-Uribe: Chávez le renueva las licencias de
importación a los vehículos producidos en Colombia,
si se crea un fondo que permita pagar por esas operaciones
con moneda local. No está claro cómo va a funcionar,
pues el intercambio arroja un saldo negativo para Venezuela
de 4.893 millones de dólares. El punto es que ahí
está Uribe, aprovechando la circunstancia para defender
exportaciones y empleos colombianos. Y al lado el nuestro,
al margen del mundo, tratando a toda costa de economizar una
renta muy venida a menos, comprando tiempo para sí mismo
con papeles, acaso también con tierra, buscando una bocanada
más de aire. Running on empty.
www.miguelangelsantos.blogspot.com
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