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Su SS Benedicto XVI y Luis Ugalde sj
EMILIO J. URBINA MENDOZA |  EL UNIVERSAL
martes 14 de abril de 2009  04:04 PM

Ha transcurrido la Semana Santa 2009. Con ella también pasaron las incansables -y tradicionales- declaraciones de funcionarios públicos glosando las cifras de siniestros y adversidades ocurridas en carreteras, balnearios y demás sitios de esparcimiento público, muy frecuentados durante la Semana Mayor. Con ella también vivenciamos las contradicciones de una sociedad venezolana que prefiere irse a la playa, olvidar a Dios y hacerse la "loca" ante un Estado fascista de izquierda que condena con la pena máxima la disidencia, contrariando todas las lecciones de prudencia judicial enseñada en las cátedras de Derecho Penal moderno. Con esta semana, en vez de llenarse de espíritu para abrirse a lo infinito y superar las divisiones mezquinas, los que detentan el poder se emborracharon del licor antidemocrático, resguardando la fe en la centralización imperial que no reconoce adversidades electorales, sino el caudillismo de un sórdido Presidente y su mundo bizarro.

Como bien se dice en la dística clásica, "de la adversidad se aprende y se entiende lo que la comodidad adormita". En medio de la somnolencia, a veces se oyen con mayor nitidez algunas voces que rompen ese anestesiante sonido de fondo. En esta oportunidad, la claridad y contundencia del llamado recayeron en dos hombres de la Iglesia. La primera voz retumbó de la sencillez de su Santidad Benedicto XVI, en plena homilía del Jueves Santo. Allí, en la Basílica de San Juan de Letrán, clamó al cielo pidiendo por todos los hombres, para que éstos no sean arrollados por la "vanidad, la banalidad y lo que es sólo apariencia". La vanidad -incluyendo aquella que termina por idolatrar al Comandante de la revolución bolivariana como falso Dios viviente- abre las puertas para que lo erróneo se convierta en verdadero y viceversa, trayendo consigo ese estado de desazón y pérdida de interés por la vida. La banalidad -en este caso fijar como dogma sagrado una vulgar doctrina política como es el chavismo- se transforma en el mejor instrumento para brutalizar a los ciudadanos con ideas de poca monta que prometen el cielo en la tierra, pero que en la realidad es sólo posturas para defender los privilegios de la jerarquía chavista sin mayor esfuerzo que la pura mentira. Y la apariencia -la prédica diaria que nos alaba al socialismo bolivariano como camino de bendiciones- destruye la capacidad humana para vivir y construir la realidad soñada con bases estables y loables de trabajo y honestidad.

La segunda locución prístina, en medio de la siesta espiritual criolla, tuvo como emisor al padre jesuita Luis Ugalde. Haciendo uso de las figuras históricas, nos tropicalizó el significado de Poncio Pilatos (Diario El Universal, edición del 12/04/2009 p. 1-2). El Pilatos que venezolaniza el Padre Ugalde no es el Poncio Pilatos descrito por Ottorino Gurgo, en aquella hermosa biografía escrita ya hace más de 20 años. Es el Pilatos instalado en buena parte de la ciudadanía y el liderazgo político, ambas, que prefieren esconderse cuando un compatriota está siendo acosado por disidente, en frases como "prudencia", "vea los toros desde la barrera", "eso no es conmigo", "eso le pasa por hablar" "quien se mete a redentor muere crucificado", en fin, es el Pilatos que se lava las manos ante el chavismo destructivo de instituciones -como es el caso de los caifases- para luego lamentarse con llanto solitario y desgarrante de quien nadie oye o auxilia. Qui habet aures audiendi audiat.

*Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello. e-mail: eurbina2000@hotmail.com



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