Tal era la ineptitud del verraco y los chanchos que en poco tiempo la granja estaba arruinada
George Orwell, escritor británico cuyo verdadero nombre
era Eric Arthur Blair, escribió en la década de
los 40 del siglo pasado una obra cuya lectura resulta imprescindible
en la Venezuela de hoy: "Rebelión en la Granja".
Se refiere Orwell a una granja rica y de suelos fértiles.
Con una buena administración hubiera podido ser un ejemplo
de abundancia en beneficio de todos los habitantes de la granja.
Pero no era así.
La única explicación que encontraban los animales
que habitaban pobremente en la hacienda era que alguien se
había apoderado de la parte de la riqueza que le correspondía
a cada uno.
Entre los animales había un cochino llamado Napoleón.
Era un verraco pendenciero, de raza indefinida y gran verborrea
que se quería apoderar de la granja. Era tan elocuente
que con sus discursos manipulaba las fibras más íntimas
de los animales y promovía una rebelión en contra
del granjero: "Expulsemos a los hombres y todos nos volveremos
ricos y libres de la noche a la mañana".
Finalmente los animales se rebelaron y expulsaron
al granjero. Napoleón tomó el poder e impuso su
llamada "Doctrina del Animalismo" que pregonaba la
igualdad entre todos los animales y el odio hacia los hombres:
"Todos los hombres son enemigos. Todo lo que camine sobre
dos pies es un enemigo. Todo lo que ande en cuatro patas o
tenga dos alas es un amigo".
Propone entonces Napoleón a los animales votar
una nueva constitución. Se trataba de los "Principios
del Animalismo" o los "Siete Mandamientos". Los
animales decidieron escribir aquellos principios que creían
perennes en un muro sagrado, con grandes letras blancas, para
que todos los recordasen.
Napoleón progresivamente se fue transformando en un
dictador. El grupo de marranos que le acompañaban comienza
a enriquecerse vilmente y a vivir con todos los lujos que
antes le criticaban al granjero. Cada vez faltaban más
cosas como por ejemplo la leche. Sólo los cochinos la
obtenían.
Tal era la ineptitud del verraco y los demás chanchos,
que en poco tiempo la granja estaba arruinada. Pero en larguísimos
discursos, Napoleón convencía a los animales de
que aquellos eran sacrificios que había que aceptar para
que pudiera imponerse la "Doctrina del Animalismo".
Sin embargo, a pesar de las frecuentes arengas del puerco
líder, los animales se daban cuenta de que las cosas
no estaban saliendo como originalmente habían creído.
Para colmo, valiéndose de artimañas, Napoleón
comenzó a cambiar la constitución de los "Siete
Mandamientos". Los animales estaban siendo engañados.
Los "Principios del Animalismo", no eran para aquel
puerco otra cosa que una excusa para imponer su voluntad a
los otros animales. El único principio por el cual se
regía era su sed de poder.
Los animales eran obligados a escuchar las interminables
peroratas de Napoleón: "¡Cuatro patas sí, dos
pies no!", repetía constantemente. Incluso llevaba
a cabo frecuentes elecciones, las cuales ganaba, ya que las
bestias parecían hipnotizadas y no encontraban argumentos
para oponérsele.
El malestar era cada vez mayor. Aunque supuestamente había
libertad de expresión, la realidad es que lo que imperaba
era el miedo. Napoleón había creado círculos
formados por feroces perros de presa que atacaban a cualquiera
que se atreviese a disentir de las opiniones del líder.
Cuando los abusos del verraco y sus compinches se hicieron
intolerables, algunos animales reclamaron ante la suprema
instancia de la justicia, la Comisión de Cerdos Sabios.
Estos últimos, después de deliberar concienzudamente,
dieron su veredicto: "Napoleón siempre tiene la razón".
Y es que el marrano ya se había apoderado de todos los
poderes de la granja.
Finalmente, para sorpresa de todo el mundo, un buen día
los cerdos comenzaron a caminar en dos patas. El mismísimo
Napoleón salió en persona de la casa del granjero,
erguido majestuosamente sobre sus patas de atrás.
¿Acaso los "Principios Animalistas" no estipulaban
que todo lo que caminaba sobre dos patas era enemigo?, se
preguntaron las bestias. Entonces todos corrieron al muro
sagrado para revisar lo que decía la constitución
en la cual se había aprobado la igualdad entre todos
los animales. Con asombro que rayaba en la consternación,
todos pudieron comprobar que Napoleón había cambiado
los Siete Mandamientos. De aquella constitución
inicial que todos admiraban, ahora quedaba sólo un mandamiento:
"Todos los animales son iguales, pero algunos animales
son más iguales que otros".
josetoroh@interlink.net.ve
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