CARACAS, domingo 22 de marzo, 2009 | Actualizado hace
Saliendo de las penurias nuestras, de las domésticas y estériles pugnacidades entre esa Venezuela roja y la incolora. Abriéndonos más allá de ese pesado y oscuro túnel llamado "revolución bolivariana" y su noria mediática. Exaltándonos hacia aquello que nos imprime un sello universal, es necesario que todo occidental vuelque su mirada hacia la polémica suscitada en los últimos días fuera de los muros vaticanos. La reciente carta publicada por su Santidad, Benedicto XVI, en la cual explica los móviles de lo que el Sumo Pontífice llama "la iniciativa del 21 de enero de 2009" y su ejecución. En esta última, el Padre Supremo de la Iglesia católica decide levantar la excomunión a los cuatro obispos que fueron consagrados ilegítimamente por el mítico Cardenal Lefevre, el mismo que negó la validez de aquellas cuestiones doctrinales que se hicieron principios del cristianismo católico racionalizado en la magna reunión llamada "Concilio Vaticano II".
La disputa surge en medio de la crisis europea como una diáspora de acusaciones, lamentaciones y añoranzas de otros timoneles eclesiásticos. Adicionalmente, se ha retornado como polémica de actualidad, las viejas y nada legítimas disputas antisemitas que durante algún tiempo rondaron en la teología católica preconciliar. Entre negaciones al holocausto tan criminales como este mismo, melancolías injustificadas y un deseo vehemente de acabar con la autoridad papal; la curia y todo aquello que representa la "alta dirección" de la Iglesia, enfilan impropiamente sus baterías contra el actual Papa. Ni siquiera en los tiempos de ácido anticlericalismo se había visto tanta animadversión contra un Pontífice como ocurre en la actualidad, debido a un acto de reconciliación que perfectamente diferencia entre personas e instituciones. En fin, estamos vislumbrando -lamentablemente- en primera fila al espectáculo en la arena romana con sus gladiadores y mezquinos espectadores. Asistimos al descuartizamiento institucional de un gran Papa como Benedicto XVI, por los leones internos que "muerden y devoran" tal y como lo escribe este Pontífice en su polémica carta, haciendo suya la frase de San Pablo.
Durante estos últimos cuatro años, y quizá desde los años finales de Juan Pablo II, se ha cimentado una terrible matriz de opinión, donde se confrontan a dos seres humanos que son uno solo. Se busca siempre mantener la imagen de ese Joseph Ratzinger, etiquetado por la hipócrita "progresía", como la del oscuro inquisidor que sirvió de apoyo al conservadurismo moral vaticano. Se le adiciona los más terribles predicados a un Cardenal Ratzinger, que a la luz de la razón y la vida moderna, ha resultado ser un formidable pensador de conciliación entre la Iglesia y la Sociedad. Así, el mundo compra la frágil y falaz imagen de un Benedicto XVI incompatible y antagónico al teólogo Joseph Ratzinger, sacando a relucir esas odiosas comparaciones refrendadas en las nada agradables frases "(…) en los tiempos de Juan Pablo II tal cosa (…)" "(…) el Papa anterior era bueno y bello (…)". Nos atrevemos afirmar, desde el plano académico, que Benedicto XVI es un Pontífice de mejor calidad intelectual que el bien querido y carismático Juan Pablo II. Además, como cristiano debemos aceptar que los tiempos cambian, y los Papas también. ¡Gloria a su Santidad Benedicto XVI! Qui habet aures audiendi audiat.
*Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello.
E-mail: eurbina2000@hotmail.com
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