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20 febreros sin lección
EMILIO J. URBINA MENDOZA |  EL UNIVERSAL
domingo 8 de marzo de 2009  04:36 PM

La semana pasada se cumplieron veinte años del triste "carachazo".  En nuestra mente rondan aún los sonidos luciféricos, que entre la metralla y la turgencia saqueadora, marcaron buena parte de nuestra existencia.  Allí descubrí ese lado oscuro de toda sociedad, que como dice Weber, se aburre de sus propias estructuras y formas de control.  En esos días comenzaba los estudios de bachillerato en nuestra Maracay natal, que al igual que el país, soñaba con nuevos derroteros ante el cambio. Todavía estaba fresca la toma de posesión del segundo período presidencial de Carlos Andrés Pérez, enmarcado bajo un ambiente de optimismo mediocre en aquello que recordamos como el "gran viraje".  En la prensa se veía y leía sobre la necesidad de girar el rumbo ante un modelo estatista de la economía que nos había dejado en quiebra, así como, pésimos hábitos de productividad laboral y de toda índole. Los antiguos íconos de poder político, reflejados con toda su fuerza desde 1973 en AD y COPEI, poco a poco se diluían para abrirse paso nuevas formas incomprendidas como la antipolítica. Los ministros pronto mostrarán caras nuevas. El ministro-compañero del partido dio paso al ministro-gerente sin afiliación política pública, pero, con dos o tres títulos académicos bajo el brazo. 
Tras el 27 y 28 de febrero de 1989, ciertamente, Venezuela no volvería a recorrer la antigua senda partidocrática. Inmediatamente aprendimos los venezolanos que los gobernadores y regentes locales tenían una voz importante dentro del espectro político.  Se les comenzó a elegir democráticamente -no por ser el jefe regional del partido en Miraflores- y el mapa electoral del país, acarició la sensata sensación de la policromía ideológica.  Se devolvió al imaginario colectivo -lamentablemente- que el golpe de Estado gorila era una opción también válida para dar al traste con un gobierno ineficiente, así fuese éste elegido por una mayoría abrumadora de votos. El componente militar nuevamente saboreó la calle, olvidándose de los cuarteles y todo aquello que se conoce como "orden cerrado". Y así, una vez entre nosotros los civiles, se malacostumbraron asaltando los cargos de la administración pública, creyendo que por derecho propio debían regir los destinos nacionales por haber fundado la república. Se retomó la figura del chivo expiatorio social, siendo el primero de los sacrificados, nada menos y nada más que el emblema del presidencialismo partidista de Punto Fijo, el propio CAP.  Nos tomó por grata la indulgencia y la irresponsabilidad económica, retornando cada vez que quisiéramos al proteccionismo estatal si no salían bien nuestras incursiones en la libertad del mercado internacional.  Las efigies del caudillaje fueron sacadas del arcón del olvido para colocarlas en la sala principal del imaginario político-social del venezolano, ilustrado o iletrado.

Como explicamos, tras 20 febreros de aquel mítico 1989, no hemos logrado aprendernos las costosas lecciones ya descritas en el párrafo anterior.  Seguimos elogiando las mismas fórmulas que nos hundieron, con la única diferencia que para ese entonces, el mundo no era tan pequeño como el globalizado de nuestros días y la crisis económica no asomaba como visitante indeseado.  Del resto, todo sigue siendo igual.  Ya no se es poderoso por ser blanco, sino rojo rojito.  Qui habet aures audiendi audiat.

Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello
 e-mail: eurbina2000@hotmail.com



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