Los votos terminaron por tapar los estrechos conductos que aún funcionaban en sus vías auditivas
La necesidad de establecer un diálogo con Chávez
se ha convertido en el punto más trajinado de los últimos
días. En principio parece un asunto sobre el cual no
caben las objeciones, pues en todo sistema de naturaleza democrática
resulta lógico que el Presidente hable con la oposición
y la oposición hable con el Presidente. Sin embargo,
como en realidad los tratos democráticos a los que se
acostumbró la sociedad se han hecho cada vez más
escurridizos, convienen ciertas advertencias antes de que
se multipliquen los espontáneos en la proposición
de coloquios sin destino.
Una primera aclaratoria salta a la vista, en atención
a los hechos recientes: no es cierto que Chávez haya
llamado a conversaciones sobre la situación del país.
Una periodista puso el tema y él, ni corto ni perezoso,
se conformó con anunciarse como un "tirapuentes".
No podía reaccionar de otra manera, pues la pregunta
lo sorprendió mientras se preparaba para votar en el
último referendo. En la hora de pescar sufragantes no
podía salir con una afirmación distinta, le convenía
presentarse como un amante de la conciliación, como atento
escucha del prójimo, como aficionado a la atención
de opiniones ajenas. Estamos, pues, ante una manifestación
obligada por las circunstancias que no puede remitir a una
decisión pensada de antemano, ni a una reflexión
de la cual puedan esperarse resultados concretos.
El simple hecho de que la periodista manejara el asunto de
la conciliación apunta a cómo quiso encontrar una
novedad, a cómo planteó un desafío inusual,
pues de lo contrario se hubiera limitado a desconectar el
micrófono después de trasmitir informaciones anodinas.
Pero se planteó el tema, en todo caso, para que después
el Presidente recuperara el natural estado de mandón
en el cual se siente a sus anchas. Manifestó disposición
a dialogar, si antes la oposición reconocía su calidad,
no sólo de primer magistrado sino también de líder
de un proceso histórico.
Tal calidad y tal supremacía, según sus palabras,
acababan de confirmarse gracias a los resultados de las votaciones
de la víspera. ¿Cómo sería el diálogo
si parte de semejantes restricciones, de semejante jactancia?
Una visita de cortesía, un desfile de súbditos
frente al ocupante del trono, una medrosa recepción de
instrucciones, un acto de iluminación concedido por quien
acaba de refrendar sus títulos de única linterna
de Venezuela. Si ya se ha habituado a la borrachera de las
palabras, al considerar que ha confirmado el atributo de ungido
de los pueblos podemos contar con sus sermones de pontífice,
pero jamás con su oreja. Por si fuera poco, la confirmación
que se atribuye sólo augura, aparte de la mayor extensión
de sus catilinarias, la profundización de sus habituales
descalificaciones del adversario y clamorosas exhibiciones
de una sabiduría sin parangón. De acuerdo con lo
que el mandón sintió sobre la decisión popular
del 15 de febrero, nadie va descaminado cuando imagine que,
aparte de enmendar la Constitución según anhelaba
con frenesí para perpetuarse en el poder, los votos terminaron
por tapar los estrechos conductos que aún funcionaban
en sus vías auditivas.
Sólo con ver el referendo del 15 de febrero como lo
que fue de veras, una invitación a continuar gestas de
civismo, una manifestación de voluntad en torno a aspectos
puntuales de la Carta Magna y un testimonio palmario de la
división cada vez más abismal de la sociedad frente
a la influencia del mandón, bastaría para que ocurriese
el diálogo sobre cuya necesidad vienen insistiendo numerosos
voceros.
Los anuncios sobre la proximidad de una severa crisis de
la economía apuntarían en la misma dirección.
No obstante, la traducción del hecho por parte interesada
como una nueva elevación personal y como licencia expedita
para que la "revolución" complete sin trabas la hegemonía
sobre la sociedad, clausura abruptamente el camino.
No sólo por lo infructuoso del intento de hablar con
quien sólo quiere ensimismarse en el sonido monocorde
de su voz mientras enjabona las joyas de la corona que cree
tener en la cabeza, sino también para evitar el desairado
papel de las comparsas. Si ya las tiene de sobra, no vale
la pena que uno se disfrace de ingenuo para mezclarse en el
desatino, especialmente cuando empieza la cuaresma.
eliaspinoitu@hotmail.com
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