Sólo la unidad de los partidos consiguió derrotar a Pinochet en Chile
El 5 de octubre de 1988 la Concertación de Partidos
por el NO logró lo que parecía imposible: ganarle
un plebiscito a Augusto Pinochet (55.9% contra 44.01%) quien
esperaba quedarse en el poder al menos hasta 1997. Luego de
17 años de férrea dictadura una coalición de
partidos que reunía toda la gama del pensamiento político,
desde los socialistas hasta los demócrata-cristianos,
pasando por los socialdemócratas, aseguraba un paso decisivo
hacia el restablecimiento de la democracia, con las elecciones
que el régimen se vio obligado a convocar para diciembre
de 1989.
En esa fecha fue electo el primer presidente de la Concertación,
el demócrata-cristiano Patricio Aylwin y desde entonces
el acuerdo se ha mantenido, a pesar de algunos tropiezos durante
los últimos años, en una experiencia que ha permitido
ir dejando atrás la dictadura, (quizás más
lentamente de los deseable), concretar la transición
hacia la democracia, consolidar el sistema sobre una amplia
base social y política e imprimirle aliento social al
modelo económico liberal heredado de Pinochet.
Todos estos logros fueron posibles porque dirigentes y partidos
entendieron la necesidad de deponer sus diferencias en aras
del gran objetivo, cual era la refundación de la democracia.
A partir de allí los mecanismos de concertación
se encaminaron hacia un grado mayor de participación,
de manera que si en un principio el candidato presidencial
surgía de esforzados procesos de negociaciones entre
los dirigentes de los partidos, con el tiempo se perfeccionó
un modelo que deja la decisión en manos de las bases
y no sólo de las partidistas. Es decir, unas primarias
abiertas, (en el último proceso no fueron necesarias
porque la candidata demócrata-cristiana declinó
a favor de Bachelet) en las cuales puede participar todo aquel
inscrito en el padrón electoral.
La experiencia ha sido tan exitosa desde el punto de vista
electoral, que hasta ahora todos los candidatos de la Concertación
han triunfado. Y eso es así no sólo por la disciplina
unitaria y el método democrático, sino por un modelo
que ha estimulado el crecimiento de la economía y unas
políticas sociales capaces de reducir la pobreza desde
un 40% en 1990 a un 14% en el 2006.
Desde hace tres años la oposición venezolana ha
ido ganando espacios a expensas de un chavismo que antes arropaba
el espectro político. Sólo que parece haber llegado
la hora, como le llegó a los chilenos, de concretar esos
acuerdos, imprimirle contenido afirmativo a lo que hasta ahora
ha sido un sentimiento de rechazo y convertir un movimiento,
más o menos articulado, en real alternativa de poder,
con una plataforma programática, un candidato-líder
de arrastre popular y la capacidad de devolverle la ilusión
a una mayoría que permanece embaucada por ese vendedor
de pomadas vencidas llamado Chávez.
rgiusti@eluiversal.com
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