Una sociedad no es capaz de progresar espiritualmente si no puede vivir en paz
De nuevo nos estremece la espeluznante noticia del asesinato
a sangre fría, a manos de grupos armados que actúan
a plena luz del día, sin rubor y sin freno, de un grupo
de jóvenes en El Vigía. No podemos quedar inermes
ante semejante atrocidad ni aceptarlo como algo ordinario
y trivial. Lamentablemente la escalada de asesinatos es una
realidad que toma carta de ciudadanía. Las estadísticas
nos colocan muy por encima de países que viven en guerras
o de los que tienen grupos guerrilleros. Superamos en muertes
en los centros penitenciarios a varios países del continente
que tienen una población reclusa infinitamente mayor
que la nuestra.
¿Qué nos pasa? Nos distinguimos durante el siglo
XX por ser uno de los pueblos más pacíficos de la
tierra e inauguramos el presente bajo el signo contrario.
¿Por qué deambulan por nuestras calles, motorizados
armados amedrentando, ultrajando, robando, amenazando a quien
les viene en gana sin que intervengan los órganos de
seguridad? No es acaso una invitación a delinquir el
que grupos fanáticos identificados amenacen a personas
e instituciones, en la calle y por los medios de comunicación,
de ser objetivos militares y reos de ejecución, sin que
asome la nariz ningún organismo para actuar de oficio.
Una sociedad no es capaz de progresar material y espiritualmente
si no puede vivir en paz, tranquilidad y serenidad, sin el
sobresalto permanente de que su vida corre peligro. Reclamarle
al Estado que cumpla con su deber con prontitud y celo, sin
discriminaciones, porque lo que está en juego es el derecho
fundamental a la vida y a la calidad de la misma, es un deber
ciudadano.
El deterioro y la fragilidad progresivos de la institucionalidad
y el Estado de Derecho plantean a la experiencia cristiana,
a la Iglesia, el reto de consolidar la vida y los valores
democráticos. ¡No a la muerte!
faustih@yahoo.es
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